LIC ALEJANDRO G SAFAROV (*)
Durante décadas, las teorías sobre élites globales, grupos de poder y gobiernos en las sombras quedaron atrapadas entre la especulación, el misterio y la cultura popular. El Grupo Bilderberg, las reuniones de Davos, los grandes fondos financieros o incluso las narrativas más extremas vinculadas a los Anunnaki, textos considerados apócrifos como el Libro de Enoc o interpretaciones bíblicas sobre el fin de los tiempos, fueron vistos muchas veces como expresiones marginales o conspirativas.
Sin embargo, en los últimos años comenzó a ocurrir algo distinto: sectores reales y visibles de la élite tecnológica y financiera de Estados Unidos empezaron a cuestionar públicamente la democracia liberal tal como la conocemos. Y eso ya no pertenece al terreno de la ficción. Un grupo de empresarios, inversores y pensadores -especialmente de Silicon Valley- considera que la democracia representativa es lenta, ineficiente y un obstáculo para el progreso tecnológico. No hablan necesariamente de golpes militares ni de dictaduras clásicas. Hablan de reemplazar la política por sistemas tecnocráticos, algorítmicos o empresariales, donde las decisiones sean tomadas por "los más capaces", no por las mayorías. La idea central entonces resulta inquietante: si las empresas tecnológicas son más eficientes que los Estados, ¿Por qué no administrar sociedades como si fueran compañías?
Detrás de este pensamiento aparecen conceptos cada vez más discutidos en círculos de poder. Uno de ellos es el llamado "tecno autoritarismo", que propone gobiernos dirigidos por líderes ejecutivos fuertes, similares a un CEO corporativo, reduciendo burocracia, parlamentos y consensos políticos. Otro es el de los "Network States", impulsado por sectores libertarios radicales, que imaginan pequeñas comunidades digitales o territoriales autónomas, gestionadas por criptomonedas, inteligencia artificial y contratos privados, al margen de los Estados tradicionales. En el fondo, la idea que une a estos grupos es que la democracia ya no sirve para gestionar sociedades complejas y tecnológicas.
Uno de los principales referentes de esta visión es Peter Thiel (hace poco visitó Argentina), cofundador de PayPal e inversor de gigantes tecnológicos. Hace años declaró algo que generó enorme polémica: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles". Su mirada parte de la idea de que los sistemas democráticos limitan la innovación y terminan frenando a quienes generan riqueza y desarrollo tecnológico. Su filosofía es un libertarismo de extrema derecha que busca eliminar la interferencia del Estado, asfixiando la democracia a través de la vigilancia de datos y el poder corporativo.
Otro nombre clave es Curtis Yarvin, también conocido como Mencius Moldbug, uno de los principales ideólogos de la llamada "Ilustración Oscura" o Dark Enlightenment. Yarvin propone directamente reemplazar la democracia estadounidense por una especie de monarquía corporativa administrada por un CEO nacional. Argumenta que el igualitarismo es el responsable de muchos de los defectos de la sociedad moderna y que la democracia fomenta este igualitarismo y que es necesario un "reinicio total" del sistema político. Para él, la política debería ser reemplazada por ingeniería y gestión.
A la lista se suma Balaji Srinivasan, exCTO (Chief Technology Officer o director de Tecnología) de la empresa Coinbase, quien popularizó la idea del "Estado Red": comunidades digitales descentralizadas que podrían terminar funcionando por fuera de los países tradicionales y considera que las democracias tradicionales y las instituciones occidentales están "quebradas" o son ineficientes, y que la tecnología puede gestionar los asuntos públicos mejor que los gobiernos actuales.
Del mismo modo, aunque con matices propios, el archiconocido Elon Musk (Dueño de X, cofundador de Neuralink, OpenAI y director de Tesla) también ha cuestionado abiertamente las regulaciones, burocracias y estructuras estatales, mostrando simpatía por sistemas donde el liderazgo fuerte y la tecnología ocupen un lugar central. A propósito, sostiene que una plataforma digital neutral es esencial para la democracia, afirmando que cualquier restricción al discurso en redes sociales (como su plataforma X) es una amenaza directa a la libertad.
El trasfondo filosófico de muchas de estas ideas aparece en autores como el filósofo británico Nick Land, considerado uno de los padres de la "Dark Enlightenment", corriente que critica la igualdad política y considera que el capitalismo tecnológico debería evolucionar sin los límites impuestos por la democracia de masas.
Todo esto ocurre en un contexto donde las grandes plataformas tecnológicas concentran niveles de información, influencia y capacidad económica superiores a muchos Estados. A fecha de mayo de 2026, la capitalización bursátil total de las "siete magníficas" (Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta, Nvidia y Tesla) supera los 22,4 billones de dólares. Estas empresas manejan datos de miles de millones de personas, desarrollan inteligencia artificial, sistemas satelitales, monedas digitales y tecnologías capaces de influir en elecciones, mercados y comportamientos sociales.
El poder económico empieza a confundirse con el poder político. Y aquí aparece el interrogante más incómodo: Si durante siglos las sociedades lucharon para limitar el poder absoluto de monarquías, imperios o dictaduras... ¿qué ocurre cuando el nuevo poder ya no necesita ocupar gobiernos porque controla directamente la información, la tecnología y los sistemas económicos? El problema deja entonces de ser conspirativo para volverse estructural.
Porque quizás el verdadero cambio del siglo XXI no sea la erosión del sistema democrático por medio de un golpe tradicional. Sino algo mucho más silencioso, sofisticado y difícil de percibir. La transferencia gradual del poder desde los ciudadanos hacia sistemas tecnológicos administrados por élites que ya no creen demasiado en la necesidad de pedir permiso a las mayorías. Y ese escenario, interpela a la sociedad civil mundial a preguntarnos ¿cuánto poder estamos dispuestos a entregar a cambio de eficiencia, comodidad y tecnología? Porque la historia demuestra algo inquietante: cada vez que una sociedad aceptó perder libertad a cambio de orden... terminó perdiendo ambos.
La expansión de estas ideas tecnocráticas y antidemocráticas también expone otra realidad incómoda: históricamente los sistemas políticos no abordaron -tampoco lo hacen en la actualidad- los problemas que erosionaron la confianza social. La corrupción, el abuso de poder, la falta de transparencia y la ineficiencia en la administración pública dejaron de ser excepciones para convertirse, en muchos casos, en parte del funcionamiento cotidiano del Estado.
Se culpa a la democracia de problemas que, en realidad, tienen más relación con la falta de controles efectivos sobre quienes ejercen el poder. Porque ninguna sociedad puede sostener indefinidamente un sistema donde funcionarios, dirigentes o estructuras políticas administren recursos públicos sin rendición de cuentas real, sin profesionalización y sin límites claros. Claramente el problema en este punto es qué mecanismos existen o debiéramos crear para controlar correctamente cómo gobiernan quienes tienen la responsabilidad de hacerlo.
Por eso en muchos países la percepción social es cada vez más evidente: el Estado dejó de ser visto como una herramienta colectiva y comenzó a ser percibido como un espacio capturado por intereses políticos, corporativos o sectoriales. Y cuando la ciudadanía siente que quienes reciben la delegación de poder hacen con ella lo que quieren, el contrato social empieza a deteriorarse.
Eso explica por qué crecen tanto las propuestas extremas y algunos quieren reemplazar la política por empresarios o tecnócratas. Y otros como ya señalamos más arriba directamente cuestionan la democracia representativa. Pero el trasfondo es el mismo: la sensación de que el sistema actual no logra adaptarse ni corregir sus propios abusos. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
La historia demuestra que las sociedades toleran desigualdad, crisis económicas o incluso conflictos políticos durante mucho tiempo. Lo que no toleran indefinidamente es la percepción de injusticia estructural y privilegios permanentes. La Revolución Francesa no surgió solamente por pobreza o hambre. Surgió porque una parte creciente de la sociedad entendió que existían sectores que ejercían poder sin límites, sin responsabilidad y sin compartir los costos del sistema.
Y quizás allí esté la advertencia más importante para el presente. Porque cuando los sistemas políticos pierden capacidad de adaptación, transparencia y control interno, terminan alimentando exactamente aquello que más temen: el rechazo profundo de las sociedades hacia las élites que gobiernan. Y cuando una sociedad deja de creer en quienes administran el poder...empieza a buscar cualquier alternativa que prometa limitarlo.
En ese contexto, la reflexión de la filósofa y escritora rusa nacionalizada estadounidense Alisa Zinóvievna Rosenbaum (1905- 1982), conocida como Ayn Rand, adquiere una vigencia inquietante:
"Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes, sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por sobornos e influencias más que por trabajo, y que las leyes no te protegen de ellos, sino que los protegen a ellos de ti... entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada". (*) El licenciado en Relaciones Internacionales Alejandro G Safarov es director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Ucse Jujuy, miembro del Departamento de América Latina y el Caribe del IRI- Universidad Nacional de La Plata e integrante del Consejo Federal de Estudios Internacionales (Cofei).