Hay momentos en la vida institucional en los que lo que está en juego no es una elección, sino el sentido mismo de la institución. La Universidad Nacional de Jujuy atraviesa uno de esos momentos.
No se trata únicamente de una discusión jurídica sobre la interpretación de artículos estatutarios. Tampoco de una disputa electoral convencional. Lo que hoy se discute —y se percibe socialmente— es algo más profundo: la tensión entre la sucesión y la herencia, entre la continuidad de un proyecto colectivo y la apropiación personal del poder.
La forma importa: legalidad vs. legitimidad
Las democracias —y las universidades no son una excepción— no se sostienen solo en la legalidad, sino en las formas. Las formas son las que garantizan previsibilidad, equidad y confianza.
Cuando las reglas se reinterpretan en medio del proceso, cuando se fuerzan lecturas para habilitar escenarios no previstos originalmente, la legalidad puede mantenerse en pie… pero la legitimidad comienza a erosionarse.
Esto no es una abstracción teórica. La historia reciente argentina ofrece múltiples ejemplos:
* El intento de re-reelección de Carlos Menem fue resistido política y judicialmente.
* Las discusiones en torno a las posibilidades de continuidad de Cristina Fernández de Kirchner generaron un amplio debate social sobre los límites del poder.
* En Jujuy, la reforma constitucional impulsada durante la gestión de Gerardo Morales obligó al propio mandatario a aclarar su no participación en escenarios de continuidad, ante la presión social y política.
En todos los casos, el mensaje fue claro: la sociedad rechaza los mecanismos que buscan perpetuar liderazgos más allá de los límites acordados.
Universidades: el espejo que incomoda
El problema no es exclusivo de la UNJu. Casos recientes en la Universidad Nacional de Tucumán y análisis críticos publicados sobre la Universidad Nacional de La Plata reflejan una preocupación creciente:
la tendencia a consolidar estructuras de poder cerradas, con baja alternancia y escasa competencia real.
Cuando la universidad —que debe formar ciudadanos críticos— reproduce prácticas de concentración de poder, se transforma en un espejo incómodo de aquello que la sociedad cuestiona como “casta”.
UNJu: de un proyecto colectivo a una encrucijada
El actual rector, Mario Bonillo, no llegó al cargo en un vacío político. Fue presentado como sucesor de Rodolfo Tecchi en el marco de un proyecto institucional explícito: UNJu 2030.
Ese proyecto implicaba algo central: una continuidad con límites, una sucesión dentro de reglas claras, con alternancia garantizada por la reforma estatutaria impulsada durante la gestión de Tecchi.
Por eso la discusión actual no es menor. Porque lo que está en cuestión no es solo una interpretación normativa, sino el cumplimiento de un compromiso político y moral asumido ante la comunidad universitaria.
Sucesión vs. herencia: la dimensión antropológica del poder
Desde la perspectiva de la neurociencia y la antropología política, esta tensión es estructural.
Autores como:
* Patricia Churchland en El cerebro moral
* Michael Gazzaniga en El cerebro ético
* Donald Pfaff en El cerebro altruista
Coinciden en que las normas de equidad, reciprocidad y justicia no son solo construcciones culturales: están profundamente arraigadas en nuestra biología social.
Cuando esas normas se perciben como violadas, emergen respuestas colectivas de rechazo, desconfianza y conflicto.
Esto explica por qué los intentos de perpetuación generan resistencia incluso cuando son formalmente defendibles.
Confucio y el orden de las formas
Ya en la antigüedad, Confucio advertía que el orden social depende de la correspondencia entre los nombres y las cosas: que quien gobierna actúe como gobernante, que quien sucede lo haga respetando el orden.
Cuando esa correspondencia se rompe —cuando se utiliza la forma para ocultar otra cosa— el sistema pierde su legitimidad.
En términos contemporáneos: no alcanza con parecer democrático; hay que serlo.
El clima de época: privilegios, casta y desconfianza
La sociedad argentina atraviesa un momento de alta sensibilidad frente a los privilegios.
Casos recientes —desde cuestionamientos a funcionarios como Manuel Adorni en torno a coherencia discursiva, hasta beneficios como créditos hipotecarios a sectores del poder o situaciones como la del diputado González— configuran un clima donde la percepción de inequidad es intolerable.
Incluso en ámbitos tradicionalmente autónomos como el agro, figuras como Nicolás Pino enfrentan cuestionamientos cuando las reglas parecen adaptarse a intereses personales.
La universidad no está fuera de este clima. Está dentro. Y está siendo observada.
El riesgo real: cuando la institución pierde sentido
El mayor riesgo no es jurídico. Es institucional.
Cuando:
* la competencia se reduce,
* las reglas cambian en el camino,
* y la alternancia se debilita,
La institución deja de ser un espacio de formación y se convierte en un espacio de reproducción de poder.
Y en ese punto, lo que se pierde no es una elección: se pierde la confianza.
Una advertencia necesaria
Las universidades públicas argentinas han sido históricamente uno de los pilares de movilidad social y construcción de ciudadanía. Pero ese capital simbólico no es infinito.
Se sostiene en tres pilares:
1. Reglas claras
2. Alternancia real
3. Ejemplaridad moral
Si uno de esos pilares se debilita, el sistema entero comienza a crujir.
Conclusión: el límite no es legal, es moral
La discusión de fondo no es si algo puede hacerse. Es si debe hacerse.
Porque en política —y más aún en instituciones formativas— todo lo que es legal no siempre es legítimo, y todo lo legítimo requiere un fundamento moral.
La sociedad ya ha dado su veredicto en múltiples ocasiones: rechaza la perpetuidad, cuestiona los privilegios y exige coherencia.
La pregunta que queda abierta para la comunidad universitaria es simple y profunda: ¿Queremos una universidad que administre poder o una universidad que forme ciudadanos?.