Jujuy cumple años y, como toda fecha que pretende ser celebración, se vuelve también una excusa para la introspección. No hay aniversario inocente: cada conmemoración es un espejo que devuelve no solo la imagen de lo que fuimos, sino, sobre todo, la silueta incompleta de lo que somos. En ese reflejo, la ciudad no siempre se reconoce; a veces se evita, se maquilla, se cuenta a sí misma una versión más amable. Pero la memoria -esa persistente artesana de la verdad- insiste en colarse por las grietas.
La fundación de Jujuy no fue apenas un acto solemne ni una línea prolija en los libros de historia. Fue una irrupción, un gesto de dominio, una voluntad de permanencia en medio de lo incierto. Se trazaron calles donde antes había caminos, se levantaron muros donde reinaba la intemperie, se nombró lo innombrado. Pero toda fundación encierra una promesa, y toda promesa, con el tiempo, se transforma en deuda si no se cumple. Allí empieza el verdadero relato: no en el origen, sino en la distancia entre aquel impulso inicial y el presente que hoy habitamos.
Porque mientras la ciudad se mira en el espejo de su nacimiento, en las escuelas se ensaya una escena que no debería existir. Las alarmas de tiroteo irrumpen como una ficción que se vuelve inquietantemente cercana. No son campanas que llaman al recreo ni voces que ordenan el aula; son señales de un miedo aprendido, importado, asumido casi con resignación. Hay algo profundamente perturbador en ese gesto de anticipar la violencia: niños que se agachan antes de comprender, docentes que se preparan para lo impensable, instituciones que organizan el miedo como si fuera parte del programa educativo.
La escuela, ese territorio que debería ser refugio, se convierte así en un espacio atravesado por la sospecha. Y en ese desplazamiento hay una derrota simbólica: la pedagogía cede terreno ante el protocolo, la confianza se repliega frente a la prevención. No se trata solo de cuidar, sino de preguntarse por qué es necesario hacerlo de esa manera, por qué el temor encuentra lugar en el corazón mismo de la formación. Las alarmas no son meros dispositivos: son metáforas de una época que naturaliza lo que antes era inadmisible.
Y mientras tanto, en otra dimensión menos visible pero igualmente urgente, los afiliados del Instituto de Seguros, que no asegura y que atraviesan su propio viacrucis cotidiano. La salud, ese derecho esencial que debería sostener la dignidad humana, se diluye entre trámites, demoras y respuestas que nunca llegan del todo.
Cada afiliado/a carga con una historia silenciosa: turnos postergados, coberturas incompletas, incertidumbres que se acumulan como capas invisibles sobre el cuerpo. La burocracia, cuando se instala en la vida, no solo incomoda: hiere. Un dinero que sacrifica el jujeño en pos de su salud. Y el problema es una simple pregunta: ¿quién saca cuentas y recuentas y a su bolsillo, se lleva lo que resta?
La paradoja se vuelve entonces inevitable. Una provincia que celebra su existencia mientras sus habitantes negocian día a día derechos básicos. Una ciudad que recuerda su origen, pero que parece extraviarse en la gestión de su presente. Como si la fundación hubiera sido apenas el inicio de una narración que aún no logra encontrar coherencia. Como si el tiempo, en lugar de resolver tensiones, las hubiera sofisticado hasta volverlas más difíciles de nombrar.
En ese cruce, los tres ejes dejan de ser temas aislados y se revelan como partes de una misma trama. La fundación como promesa, las alarmas como síntoma, la salud como deuda. Tres dimensiones de una realidad que se superpone, que se contradice, que interpela. Porque no hay aniversario auténtico si la memoria no dialoga con las urgencias. No hay educación posible si el miedo se convierte en rutina. No hay ciudadanía plena si el acceso a la salud depende más de la paciencia que del derecho.
Quizás el desafío más profundo de Jujuy no sea recordar cuántos años han pasado desde su fundación, sino preguntarse cuántas de esas promesas siguen vigentes. Quizás la verdadera celebración no deba medirse en actos ni en discursos, sino en la capacidad de mirar de frente aquello que incomoda. Porque toda comunidad que se precie de tal necesita algo más que pasado: necesita un presente habitable y un futuro imaginable.
Hay ciudades que se sostienen en la nostalgia, otras en la ilusión. Jujuy, como toda ciudad viva, se construye en la tensión entre ambas. Cada decisión política, cada omisión, cada gesto institucional va modelando su identidad. Y hoy esa identidad parece pedir algo más que evocaciones: exige coherencia, compromiso, una ética que no se agote en las palabras.
No alcanza con iluminar monumentos si en las aulas se ensaya la oscuridad. No alcanza con discursos encendidos si en los pasillos de la salud se acumulan silencios. No alcanza con el orgullo del origen si el presente se vuelve una negociación constante con la precariedad.
Jujuy cumple años. Y tal vez, en lugar de limitarse a celebrar, debería atreverse a incomodarse. Porque en esa incomodidad -en esa pregunta que no cierra, en esa herida que no se oculta- reside, quizás, la única posibilidad real de honrar su propia historia.
Pero a pesar de todo: íFeliz cumple Jujuy de mi alma!
(*) Miguel Ángel Falcón Padilla, doctor en Filosofía.