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Cuánto cuesta no saber relacionarse

Miércoles, 28 de octubre de 2026 00:00
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Llegó a casa después de un día agotador. Tenía algo importante para contarle a su pareja. Mientras hablaba, él continuaba mirando el celular. Apenas respondió con un monosílabo.

Ella dejó de hablar. "Nunca me escuchás. No te importa lo que me pasa", le reprochó.

Él levantó la mirada, molesto. "Otra vez empezás. No se puede estar tranquilo con vos".

La conversación terminó antes de comenzar. Ella se fue a dormir sintiéndose sola. Él se quedó convencido de que cualquier cosa que hiciera terminaría en una discusión.

Ninguno había querido lastimar al otro. Sin embargo, ambos terminaron heridos. Y quizás lo más doloroso sea que todavía se querían.

¿Cuántas relaciones se deterioran no porque haya desaparecido el amor, sino porque no sabemos qué hacer con lo que sentimos cuando estamos con el otro?

¿Cuántas parejas se separan después de años de discusiones que nunca lograron comprender? ¿Cuántas madres y padres pierden la posibilidad de conversar con sus hijos adolescentes porque cada intento de acercamiento termina en un enfrentamiento? ¿Cuántos hermanos dejan de hablarse por una frase mal interpretada?

¿Cuánto nos cuesta no saber relacionarnos? No hablo solamente de dinero, aunque una separación puede implicar abogados, mudanzas, dos hogares y una profunda reorganización económica.

Hablo también de las noches sin dormir, de la angustia que se instala en el cuerpo, de la concentración que perdemos en el trabajo, de los hijos que quedan atrapados en conflictos que no les pertenecen. Del costo de perder la confianza, de acostumbrarnos a convivir con personas con las que ya casi no podemos conversar.

No todas las separaciones son evitables ni todas las relaciones deben conservarse. A veces, terminar un vínculo es precisamente una decisión saludable. Pero otras veces perdemos algo valioso porque nunca aprendimos a reconocer qué nos sucede cuando nos vinculamos.

Lo que ocurrió

Volvamos a aquella pareja. ¿Qué ocurrió realmente? Una mujer hablaba y un hombre miraba su teléfono. Eso es lo que una cámara podría registrar. Pero ella no vio solamente a un hombre mirando una pantalla. Vio desinterés, indiferencia, quizás años de sentirse poco importante.

Él no escuchó solamente un reclamo. Escuchó una acusación, quizás la sensación conocida de que nunca hace nada bien.

En segundos, ambos comenzaron a defenderse de lo que creían que estaba ocurriendo. No reaccionamos solamente a los hechos. Reaccionamos también al significado que les damos.

Nuestra mente interpreta constantemente la realidad a partir de experiencias anteriores, expectativas, temores y necesidades. El problema no es interpretar. Es olvidar que estamos interpretando.

Cuando confundimos una suposición con una certeza, dejamos de preguntar y comenzamos a reaccionar.

"No me contestó porque no le importo"; "Me pregunta dónde estoy porque quiere controlarme" o "Mi hijo se encierra porque ya no me necesita".

Quizás alguna de esas interpretaciones sea correcta. Pero ¿lo sabemos o lo estamos suponiendo? ¿Quién nos enseñó a vincularnos?

Aprendimos matemáticas, historia, geografía. Nos capacitamos para trabajar, administrar recursos y resolver problemas. Pero ¿cuánto tiempo dedicamos a aprender a escuchar sin defendernos, expresar una necesidad sin atacar o atravesar una diferencia sin convertirla en una guerra?

Aprendimos a relacionarnos, principalmente, relacionándonos. Observando a quienes nos criaron, atravesando experiencias, repitiendo modelos y ensayando respuestas que alguna vez nos sirvieron. Muchas de esas respuestas siguen funcionando en piloto automático, incluso cuando ya no nos ayudan.

Por eso podemos cambiar de pareja y repetir las mismas discusiones. Cambiar de trabajo y volver a experimentar conflictos semejantes. Prometernos que con nuestros hijos haremos las cosas de otra manera y descubrirnos diciendo aquello que alguna vez nos dolió escuchar. Lo que no logramos reconocer difícilmente podamos transformarlo.

El costo de no aprender

¿Cuánto vale una conversación que nunca tuvimos? ¿Cuánto cuesta un abrazo que no llegó porque ninguno quiso dar el primer paso? ¿Cuánto perdemos cuando invertimos más energía en demostrar que tenemos razón que en comprender qué nos está pasando?

No existe una cifra capaz de medir todo eso. Pero sus consecuencias son reales. La calidad de nuestros vínculos influye en nuestro bienestar psicológico, nuestra salud y nuestra vida cotidiana.

Por eso, aprender a relacionarnos no debería ser algo que recién consideremos cuando una pareja está por separarse o cuando un hijo deja de hablarnos. La educación vincular también es una forma de prevención y de cuidado de la salud. Quizás sea tiempo de preguntarnos qué ocurrió realmente, qué estamos suponiendo y qué hacemos con aquello que sentimos.

Porque una relación no se construye solamente con lo que sentimos por alguien, sino también con lo que hacemos con eso que sentimos. Y si nuestra manera de vincularnos puede hacernos perder tanto, ¿cuánto más estamos dispuestos a pagar por aquello que todavía no aprendimos?

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop–Ficop 3903).

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