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Cuando castigarse resulta más fácil que cambiar

Miércoles, 21 de octubre de 2026 00:00
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Ella estaba enojada consigo misma. Se reprochaba el padre que había elegido para sus hijas. Cada dificultad que atravesaban volvía a enfrentarla con aquella decisión. Y con una pregunta que no dejaba de repetirse: ¿cómo no me di cuenta antes?

Él todavía no se perdonaba haberse dejado llevar por el entusiasmo de una relación y haber comenzado a convivir tan rápido. Después vinieron los conflictos, las discusiones, la separación. Habían pasado años, pero seguía pensando en todo lo que habría sido diferente si hubiera esperado un poco más.

El dolor y el resentimiento lo habían alejado de sus padres. Durante años quedaron conversaciones pendientes, encuentros postergados y palabras que nunca llegaron a decirse. Hasta que un día ellos dejaron de estar. Ahora, aquello que no había podido resolver parecía imposible de digerir. Ya no había a quién decirle lo que había callado.

Ella lloraba por las decisiones que había tomado cuando era joven. Por no haber escuchado a sus padres, por no haber terminado una carrera, por haberse ido con alguien de quien todos le habían advertido que se alejara. Había construido una vida, pero seguía mirando aquella elección como si todavía pudiera regresar y cambiarla.

Cuatro historias diferentes. Una experiencia que las atraviesa: la culpa. ¿Qué hacemos con nosotros mismos cuando sentimos que nos equivocamos?

La culpa es una emoción que aparece cuando percibimos que nuestras acciones, decisiones u omisiones han causado un daño, transgredido nuestros valores o incumplido algo que consideramos importante. Y no necesariamente es algo de lo que debamos deshacernos.

Existe una culpa esperable, incluso saludable. Aquella que nos permite reconocer que, de manera intencional o sin haberlo querido, nuestras acciones tuvieron consecuencias sobre otros. Sentirla puede ser una expresión de nuestra conciencia, de nuestra capacidad de reconocer al otro y de asumir responsabilidades.

Cuando hemos causado un daño, no necesitamos que alguien nos libere de la culpa para poder hacernos cargo. Podemos reconocer lo ocurrido, aceptar la incomodidad de sabernos en falta, pedir disculpas y reparar aquello que esté a nuestro alcance. El otro podrá perdonarnos o no. Y eso también tendremos que aceptarlo.

Pero hay una culpa que pierde esta función y se convierte en una forma de castigo. Una culpa que se vuelve cruel, que no orienta ni repara, sino que condena. Que parece exigirnos sufrimiento como si sufrir lo suficiente pudiera cambiar lo sucedido. Rumiamos la misma escena. Repasamos conversaciones, decisiones, oportunidades perdidas. Juzgamos a la persona que fuimos con la información, la experiencia y la conciencia que tenemos hoy.

Por supuesto que podríamos haber elegido de otra manera. Pero ¿realmente podíamos ver entonces todo lo que hoy vemos? No se trata de justificar nuestras decisiones ni de negar sus consecuencias. Tampoco de desconocer el dolor que pudimos causar o que nuestras elecciones nos ocasionaron. Se trata de reconocer que hay una diferencia entre asumir nuestra responsabilidad y vivir permanentemente castigándonos por ella.

Y quizás valga la pena preguntarnos algo más incómodo: ¿puede ser que, en ocasiones, seguir culpándonos sea también una manera de evitar hacernos responsables? Porque mientras nos reprochamos lo que hicimos, podemos seguir sin hacer aquello que hoy nos corresponde.

Hay errores que podemos reparar. Conversaciones que todavía podemos tener. Decisiones cuyas consecuencias podemos transformar. Y hay otras cosas que ya no tienen vuelta atrás.

Madurar también implica aceptar que no siempre cumpliremos las expectativas ni nuestras ni la de los demás. Que habrá situaciones que escapen a nuestro control, decisiones que no resulten como esperábamos y caminos que tendremos que elegir sin ninguna garantía. Incluso puede suceder que aquello que nos hace sentir culpables no sea un error. A veces la culpa aparece cuando nos atrevemos a vivir de una manera diferente. Cuando elegimos una profesión, una pareja, un destino o una forma de vida que nuestra familia ni nosotros mismos no imaginamos. Cuando nos va bien en el amor, en el trabajo o en los negocios, allí donde otros no tuvieron las mismas posibilidades.

¿De qué tendríamos que sentirnos culpables entonces? No toda expectativa incumplida representa una falta. No toda elección diferente implica una traición. Y no todo lo que salió mal significa que hayamos actuado mal.

Quizás una de las experiencias más difíciles de la vida sea aceptar que no siempre tendremos la oportunidad de hacer las cosas de otra manera. Pero incluso cuando el pasado no puede cambiarse, nuestra relación con él sí puede hacerlo.

¿De qué te habla tu culpa? ¿De un daño que necesitás reconocer y reparar? ¿De tus valores, de tu amor y de tu responsabilidad? ¿O de una exigencia de castigo que nunca termina? ¿Qué te reprochás todavía? ¿Estás esperando que alguien te absuelva para hacerte cargo de tu vida? ¿Cuánto de tu presente seguís entregándole a una decisión del pasado? Y mientras tu energía permanece allí, ¿qué dejás de hacer? ¿De qué intentás protegerte?

"La cuestión ya no es cuánto más tenés que sufrir por lo que hiciste, sino qué estás dispuesto a hacer hoy con aquello de lo que ya sos consciente". ¿A quién le seguís debiendo una explicación? ¿Qué permiso estás esperando? ¿Tu culpa te está ayudando a hacerte responsable o te está evitando la incomodidad de serlo? ¿Querés reparar lo sucedido o necesitás seguir siendo culpable? ¿Y si dejar de castigarte te obligara, finalmente, a hacer algo diferente? Mientras seguís ocupado en lo que ya no podés cambiar, ¿qué está pasando con la vida que todavía podés elegir?

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.

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