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¿Qué dejo de mirar cuando sigo mirando hacia atrás?

Miércoles, 14 de octubre de 2026 00:00
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Ella llevaba años pensando en separarse. Ya no se sentía bien en esa relación. Había conversaciones que terminaban siempre igual, silencios que pesaban demasiado y una forma de estar juntos en la que hacía tiempo había dejado de sentirse acompañada. Sin embargo, cuando finalmente se separaron, comenzó a extrañarlo. Él se quejaba todos los días de su trabajo. Del ambiente, de las exigencias, de la falta de reconocimiento. Soñaba con irse. Y cuando finalmente consiguió otro empleo, empezó a recordar con nostalgia aquel lugar del que tantas veces había querido escapar.

Ella había esperado durante años que su madre la reconociera, que alguna vez le dijera que estaba orgullosa, que la abrazara sin necesidad de pedirlo. Cuando su madre murió, descubrió que una parte de su tristeza estaba hecha también de todo aquello que nunca había sucedido.

Tres historias diferentes. Una misma pregunta. ¿Qué es exactamente lo que extrañamos cuando extrañamos? A veces extrañamos lo que tuvimos. Los momentos compartidos, las costumbres, los afectos, los pequeños rituales que formaban parte de nuestra vida. Pero otras veces extrañamos lo que nunca llegó a suceder. La pareja que imaginamos que algún día tendríamos. El reconocimiento que esperamos durante años. La familia que deseábamos construir. El lugar que creíamos que finalmente íbamos a ocupar. Y ahí aparece una de las experiencias más desconcertantes de los cambios: podemos sentir tristeza por dejar atrás algo que, al mismo tiempo, sabemos que ya no queríamos para nuestra vida.

¿Cómo se explica semejante contradicción? Quizás porque no solamente nos vinculamos con lo que sucede. A veces, incluso, lo que efectivamente vivimos ocupa menos espacio emocional que nuestras expectativas, nuestras frustraciones o aquello que seguimos deseando que ocurra. No nos relacionamos únicamente con las personas, los lugares o las circunstancias. También lo hacemos con las historias que construimos alrededor de ellos. Con lo que imaginamos, con lo que esperamos, con lo que alguna vez nos prometimos que sería diferente. Y cuando algo termina, no siempre perdemos solamente aquello que existía. A veces también tenemos que despedirnos de lo que todavía esperábamos que pudiera llegar a ser.

Pero hay algo más. Las relaciones, los trabajos, las ocupaciones y los lugares que habitamos también nos devuelven una identidad y un sentido de pertenencia. Somos la pareja de alguien, parte de una familia, integrantes de un equipo, profesionales de una institución. Y esas formas de reconocernos, aunque a veces nos pesen, también nos ofrecen cierta seguridad.

Sabemos quiénes somos allí. Por eso, cuando algo cambia, no solamente se modifica una situación externa. También puede conmoverse la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y muchas veces, aquello que perdemos con el cambio es justamente lo único que no queríamos perder.

Una mujer puede querer separarse de su pareja, pero no querer perder la idea de familia que construyó durante años. Puede no extrañar la convivencia, las discusiones o la soledad que sentía estando acompañada. Sin embargo, puede dolerle profundamente dejar de compartir una mesa familiar, las celebraciones, los proyectos o esa imagen de futuro que alguna vez imaginó.

Alguien puede querer irse de un trabajo, pero no querer perder el reconocimiento, los vínculos cotidianos o la sensación de tener un lugar. Y alguien puede haber pasado buena parte de su vida intentando conseguir el amor de un padre o una madre y, cuando esa persona ya no está, descubrir que también necesita despedirse de la posibilidad de recibirlo algún día.

No siempre queremos recuperar aquello que dejamos. A veces quisiéramos recuperar solamente una parte. ¿Quién soy ahora que ya no soy su pareja? ¿Quién soy sin ese trabajo al que dediqué tantos años? ¿Quién soy cuando ya no tengo que sostener aquello que durante tanto tiempo organizó mi vida?

A veces, lo que llamamos nostalgia también es la dificultad de reconocernos fuera de una identidad conocida. La memoria, además, no funciona como una filmación que reproduce fielmente el pasado. Selecciona, reconstruye, resalta algunos momentos y deja otros en segundo plano. Por eso, cuando extrañamos, podemos recordar con una intensidad extraordinaria los momentos agradables y perder de vista, por momentos, aquello que nos llevó a querer un cambio. No necesariamente nos estamos engañando. Estamos atravesando una experiencia emocional en la que conviven recuerdos, deseos, pérdidas, necesidades y formas de reconocernos que quizás ya no encuentran lugar en nuestra vida presente.

Quizás una dimensión importante de nuestra salud mental sea justamente esa: poder reconocer lo que sentimos sin confundirlo con toda la realidad. Distinguir lo que fue de lo que deseábamos que fuera. Y permitirnos revisar las historias con las que aprendimos a reconocernos. Porque la vida cambia. Y no siempre podemos seguir siendo quienes éramos en circunstancias que ya no existen. Entonces: ¿Qué extraño? Y mientras extraño, ¿Qué pasa con mi vida? ¿Qué me hago a mí mismo? ¿Qué dejo de mirar cuando sigo mirando hacia atrás? ¿De qué me protege seguir esperando lo que nunca sucedió? ¿Qué responsabilidad sobre mi presente estoy postergando mientras espero que el pasado sea diferente?

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop- Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.

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