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Yo no lo sé y mucho menos, lo conocí. Más allá de lo que cuenta Atahualpa Yupanqui desde esa suerte de Biblia Criolla que es su monumental obra de la narrativa nacional: "Canto del Viento". A este Cantor a la moda de antes, Don Ata rebautizó como: "El último trovador de la Quebrada". Él supo verlo atravesando las calles de Maimará hacia finales de la década del treinta, montado en su caballo oscuro de sobrepaso, alforjas coloreadas y breves espuelas de plata dando su música a la mañana quebradeña. Espuelas relumbrosas a la luna cuando de banda a banda, atravesaba el Río Grande. Como ya he dicho, lo llamó, "El último trovador de la Quebrada" tal vez rememorando a aquellos antiquísimos juglares del medioevo europeo que andaban de aldea en aldea voceando, vaya a saber uno en que tonalidad sus pregones, seguramente en forma de coplas o romanceadas.
A Don Ata, lo describe como un hombre de mediana edad, alto, delgado y fuerte, rostro cobrizo, perfil aguileño y de una mirada firme y cordial a la vez. Se trataba de un muy buen guitarrista y cantor, el cual, y como dijera Justiniano Torres Aparicio desde su zamba, "La total que", llevaba la guitarra terciada a la espalda. De hermosa voz, se lo veía de cuando en cuando o, de cuando en vez, como se suele decir en el campo recorrer las aldeas y villas de la Quebrada, desde Yala hasta Volcán, Tumbaya, Purmamarca, Maimará, Huichairas, Tilcara, Juella, Huacalera. Las antiguas fincas del Cerro Moreno, Ocloyas, las lejanías de Coctaca y Abra de Cóndores.
Dagoberto Osorio fue un cantor de ventanas y valga esta extraña definición porque el hombre sabía a cuál, arrimarse y a cual no. Sin apearse del caballo y dando golpes suavemente con su rebenque ya se disponía a dejar sus coplas, tonadas, bagualitas, trovas galanas y canciones antiguas que el hombre seguramente escuchó de sus mayores, aunque a nadie de sus paisanos les resultarían del todo, extrañas. Al concluir y antes que la ventana se abriera, el hombre ya se iba yendo al paso de su marchador y vuelta su guitarra, a terciarla a sus espaldas, tapada con un gran poncho o una capa azul, no sin antes prometer retornos o adioses. No esperaba palabras de agradecimiento o un:
-¡Pase Don Dagoberto!.
Indudablemente Atahualpa Yupanqui debió conocerlo y seguramente, tratarlo ya que este, supo residir en Tilcara donde además del de cantor, ejerció diversos oficios: jardinero, o aficionado a la billa a dirimir la partida por unos pocos pesos y otros menesteres donde se necesitasen unos brazos fuertes. Lo que se dice un "siete oficios" y así, este "caminante lírico" se iba manteniendo para "sus gastitos", mientras iba "cargando su esponja" para sus canciones, poemas o narrativas. Estoy hablando de finales de la década del inspiraciones para treinta a principios del cuarenta del siglo XX.
Ahora bien, lo que quisiera significar a partir de la descripción del "Cantor de Artes Olvidadas", como Don Ata gustaba definirse a sí mismo, es la un modelo de cantor quebradeño que jamás buscó hacer profesión de su arte.
Un artista de antes, cuando no existían los micrófonos ultra sofisticados, sirviendo de apoyo al Cantor y estos subiendo al escenario en medio de una parafernalia de luces y potentes sonidos, privilegiando voces, "gorgoritos" que le dicen, por sobre el discurso poético.
Vistiendo para la ocasión un ropaje gauchesco que a más de uno, indudablemente le quedaría "grande", aún cobrando jugosos cachets por su canto y llevando una vida muy distinta a la muy austera de aquel, Dagoberto Osorio.
La Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic) para entonces, estaba en sus comienzos y esto me lleva a pensar cuantas canciones nacidas de la inspiración del "Último Trovador de la Quebrada", se las llevó el viento lugareño, cuantas coplas llenas de un profundo sentido amoroso y dichas quedamente a su Criolla, "La dendeveras", quedaron en el recuerdo más íntimo de esa moza, guardadas en la memoria del alma y repetidas para ella misma en las noches cuando el desvelo y la ausencia, las volvían a sus labios.
Los tiempos cambian, la televisión, el streaming, los videos clips, Youtube y otras lindezas, dieron por tierra con una época donde todo fue más íntimo, más pudoroso en el mejor sentido de la palabra y se diría, hasta más sincero. Intuyo que los cantores de antes una vez conocido su comarcano arte, las pulperías, chicherías y boliches de entonces, convertidas en su gran escenario y los parroquianos al verlo entrar al recinto, festejaban su vuelta.
Ahora hablo de los consagrados de hoy día esos, que tienen más de una actuación por noche en los festivales de verano, para engrosar sus arcas y aumentar su fama. Y está bien que así sea, ellos son profesionales del canto, tienen familias que alimentar, impuestos a pagar, porcentajes a sus representantes y producto de sus ingresos, un standard de vida obviamente, merecido.
Está claro que, en esta Argentina del siglo XXI, pletórica de crisis socio económicas, serían los menos quienes accedan a determinados cenáculos que otorga la consagración masiva y no puedo menos que preguntarme: ¿en el sentir de estos artistas estará presente el alma de la tierra, el pago natal, la infancia al abrigo del paisaje lejano? Tal vez que si, tal vez que no. Es lógico que al profesionalismo de la era actual, le acuden la urgencia de los compromisos artísticos que pueden o no, abrumar al artista hasta convertirlo en un semi autómata de la canción.
Y de vuelta, no siempre es así pero que lejano y distinto se ve todo comparado con el tiempo y el lugar que trajinó y dio su arte sin hacer profesión, ni buscar una recompensa monetaria. Un Dagoberto Osorio, que acostumbraba a asomarse a determinadas ventana, para dejar a la familia amiga o, a su criolla la "dendeveras", esa, su reservada trova para cantarla con la más honda emoción.