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El argentino que desafió al cielo: la historia del hombre que inventó la máquina de hacer llover

Un ingeniero entrerriano del siglo XX aseguró haber dominado el clima con un aparato casero. Lo llamaron "el mago de Villa Luro", desafió al Estado y, según las crónicas de la época, cumplió su promesa.

Domingo, 31 de mayo de 2026 10:01

Juan Pedro Baigorri Velar nació en Concepción del Uruguay en 1891 y murió en Buenos Aires el 24 de marzo de 1972. Fue un ingeniero argentino que pasó a la historia por haber inventado, según él mismo afirmaba, "la máquina de hacer llover". 
Hijo de un militar con estrecha amistad con el General Julio Argentino Roca, cursó sus estudios en el Colegio Nacional de Buenos Aires y luego viajó a Italia para especializarse en Geofísica en la Universidad de Milán. Su formación académica de élite le abrió las puertas de la industria petrolera y lo llevó a recorrer el mundo construyendo sus propios instrumentos de detección de minerales. En 1929, el propio general Enrique Mosconi lo convocó para integrarse a la recién creada YPF. La 
El accidente que cambió todo
Según relató al diario Crítica, el origen de su invención fue casual: en 1926, mientras trabajaba en Bolivia en la búsqueda de minerales, notó que cada vez que conectaba su aparato se producían lluvias ligeras que le impedían trabajar. Concluyó que el fenómeno podría estar originado por la "congestión electromagnética" que la irradiación de su máquina producía en la atmósfera. Wikipedia
El aparato se conformaba por una caja del tamaño de un televisor de 14 pulgadas, una batería eléctrica y dos antenas de polo negativo y positivo, que dirigían emisiones electromagnéticas para provocar, según Baigorri, esa "congestión atmosférica". 
La prueba en Santiago del Estero y la fama nacional
Se presentó en las oficinas del Ferrocarril Central Argentino para dar a conocer el aparato. El gerente de la empresa le propuso que hiciera llover en Santiago del Estero, que atravesaba una de sus peores sequías históricas. En noviembre de 1938 viajó a la localidad de Pinto junto al representante Hugo Miatello. Cuando encendió la máquina, el viento cambió de dirección, se nubló el cielo y doce horas después cayó un chaparrón. Tras desarrollar un dispositivo de mayor potencia y trasladarse a la capital provincial, tras 55 horas de funcionamiento cayeron 60 milímetros de lluvia.
A su regreso a Buenos Aires fue recibido con enorme notoriedad, apodado "el Júpiter moderno" o "el mago de Villa Luro". Fue entrevistado por medios nacionales e internacionales. Un ingeniero estadounidense llegó a ofrecerle comprar la patente, a lo que Baigorri respondió: "Soy argentino y quiero que mi invento beneficie a mi país".
El paraguas enviado al Estado y la lluvia prometida
El episodio más recordado de su historia fue una apuesta pública que lo convirtió en leyenda. El titular de la Dirección de Meteorología, Alfredo Galmarini, calificó el invento de "parodia". Baigorri replicó en el diario Crítica del 27 de diciembre de 1938: "Como respuesta a las censuras a mi procedimiento, regalo una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939". Como broma, y también como desafío, le compró un paraguas al director y se lo envió. 
El 30 de diciembre activó su máquina. Los vecinos se congregaron por miles frente a su casa del barrio Villa Luro, pidiéndole que no arruinara las fiestas de fin de año. Baigorri los tranquilizó: solo calibraba el aparato para que la lluvia no se convirtiera en tormenta. A las 5 de la mañana del 2 de enero, las primeras tapas de los periódicos avalaron lo que parecía un innegable hecho histórico.
Éxitos, dudas y el secreto que se llevó a la tumba
Sus hazañas se multiplicaron por todo el país. El gobierno de Perón lo contrató como asesor. En Santiago del Estero volvió e hizo llover en apenas dos horas 60 mm. En Caucete, San Juan, logró la lluvia tras ocho años de sequía. LA NACION
Sin embargo, por más éxitos que obtenía, la sospecha sobre la real efectividad fue una constante. Pobladores de algunas zonas ponían en duda los logros de la máquina y afirmaban que la lluvia que los había bendecido era, al fin y al cabo, obra de la naturaleza. 
Gradualmente dejaron de convocarlo. Murió en Buenos Aires en 1972 sin haber revelado jamás el secreto de su funcionamiento. La casa donde vivió en el barrio de Villa Luro no fue preservada, y el destino final de su máquina permanece desconocido hasta hoy.
La pregunta que la historia no pudo responder sigue abierta: ¿genio o farsante? Lo cierto es que Baigorri Velar desafió a la ciencia, al Estado y al cielo mismo — y al menos una vez, el cielo respondió.

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