POR: DR JUAN CARLOS GIMÉNEZ
Los barcos eran hermosos, de no tener nada o casi nada para transportar se los pudo construir, fue una época de bonanza, de otra realidad socio-económica, cumplían su función: trasladaban a los habitantes, sus pertenencias a los lugares que necesitaban hacerlo. Estaban a cargo del estado, había barcos privados pero eran pocos, más pequeños. Todos los oficiales y marineros de estos, se habían formado en la flota estatal.
El tiempo fue pasando, la realidad cambiando, había más gente para transportar, los barcos particulares fueron creciendo. La mayoría se trasladaba por real necesidad, otros como para liberarse de problemas o justificar el no hacer tareas. Algunos, eran convencidos que debían, necesitaban viajar, les haría bien hacerlo.
Muchos querían ser tripulantes, trabajar en las naves, sobre todo en la flota oficial, donde tenían más ventajas laborales; pero hacerlo en cualquiera daba prestigio. Los barcos se fueron haciéndose más complejos, se usaban instrumentos cada vez más sofisticados para viajar. A veces, para trayectos cortos, sencillos, se montaba toda una travesía. Por momentos, parecía que no sabían exactamente cómo ir a tal lugar o impresionar que, llegar allí era muy difícil y así tener mayores méritos, rentabilidad.
Los barcos estatales tenían mucha tripulación; costaba más mantenerla que transportar a los pasajeros, esto empezó a causar problemas. Los privados también crecieron, pero más en equipamiento, camarotes, comodidades. La tripulación allí se mantuvo reducida y debían cumplir múltiples funciones en prolongados horarios. Querían, tenían que transportar cada vez más gentes, para ser más rentables, si bien su número se redujo, los que quedaron eran naves importantes, reconocidas como medio habitual de desplazamiento, más cuando paraba la flota estatal, cosa que empezó hacerse frecuente por problemas salariales, de mantenimiento.
Se impuso el viajar por, para cualquier cosa, el que no lo hacía parecía estar fuera de lugar, también había quienes necesitaban hacerlo y no podían. Debían efectuarlo en medios precarios: a nado, en rústicas balsas, canoas.
La flota estatal estaba financiada por los impuestos que toda la población pagaba y, quién quisiera podía subir a ellos, viajar era "gratis", un derecho de todos. Pero, el aumento de personal y una estructura deteriorada, sin renovación, mantenimiento, se le hizo cada vez más costoso, engorroso navegar; había que hacer muchos trámites, el viaje estaba lleno de contratiempos, atendían al pasajero como de favor, a veces salían, otras no, podía llegarse a otro destino del esperado, sin una mayor explicación y, como "era gratis", no se podía cuestionar mucho.
Los que tenían un trabajo estable, en blanco o actividad independiente, hicieron convenios para viajar en las flotas privadas; no eran perfectas, pero tenían mejor apariencia y los trataban con cierta amabilidad. Daban también bastantes vueltas para llegar a destino, pero eran algo más cómodas con privacidad, tenían su prestigio, en gran parte logrado por el deterioro de la estatal. Se financiaban con el aporte mensual de los asociados y un "plus" al usar el beneficio.
Los acuerdos no eran en general directos entre los pasajeros y el capitán del barco, había intermediarios que a veces, no cumplían con el pasajero o el barco, su tripulación y, el interesado no podía viajar.
Hubo un momento en que el sistema de transporte estatal hizo crisis, no podía financiarse adecuadamente, los gastos de traslado, muchas veces artificiales, innecesarios eran inmensos. Transportar se hizo muy costoso; los oficiales y hasta los pasajeros exigían aparatos cada vez más complejos para determinar el rumbo a seguir. Se había abandonado la fiel brújula, el sextante, las estrellas, los astros, el sol, los accidentes geográficos de las costas, los faros fijos para navegar. Hasta el más simple recorrido se quería hacer con una tecnología complicadísima, que lejos de asegurar un buen viaje, podía ocurrir que se confundiera el derrotero el puerto de destino. Era con frecuencia una tecnología impuesta por la moda, prestigio no capacitándose adecuadamente en su exacto uso. Lo complicado, misterioso, casi mágico, gustaba mucho a los pasajeros, la tripulación. Se pregonaban constantemente sus ventajas a través de la radio, televisión, la prensa, eso eran el progreso. Pero los costos, ni los resultados, justificaban tener esos "adelantos" sin una mejor estructura, planificación, capacitación, con controles de sus resultados.
Parte de la tripulación no estaba compenetrada de lo que era "trabajo en equipo" para hacer funcionar tamaña estructura, su actividad se reducía a hacer tareas específicas, no tenían una visión global de lo que significaba navegar con un objetivo, esto complicaba el funcionamiento con la intervención de muchos e innecesarias escalas. Llegó el momento que los barcos no pudieron salir del puerto. El estado, por haber contratado tanto personal sin una programación adecuada, tuvo problemas en satisfacer sus exigencias y, al haberse encarecido el mantenimiento de la nave, la atención de los pasajeros, se encontró que no podía afrontar los gastos.
Los marineros, que ganaban menos y eran más, se declararon en huelga antes que los oficiales, el barco dejó de transportar en cruceros habituales; sólo llevaba lo que consideraban impostergable, era una mala política, sólo transportaban cosas a punto de deteriorarse a un costo altísimo, arruinando más la exiguas finanzas, causando un gran revuelo social. La carga tenía pocas probabilidades de llegar en aceptable estado al puerto de destino. Los que quedaban sin poder viajar debían esperar a que se los considerara "carga perecedera", ir a los barcos privados o recurrir a los antiguos medios de transporte para llegar a sus destinos.
Llamaba la atención ver la tripulación de los barcos oficiales sobre cubierta o en los muelles deliberando, protestando y la nave estatal, hundiéndose poco a poco. Parecían no darse cuenta que se deterioraban ellos también, su protagonismo, papel, función, en el transporte. Al patrón responsable de esos barcos, "el Estado", no le importaba lo que ocurría, estaba en otros menesteres: conferencias internacionales sobre navegación, tener flotas de lanchas rápidas para rescates espectaculares.
Muchos de los oficiales y marineros estatales trabajaban también en los otros barcos, apenas podían se iban hacia allí a cumplir tareas que, eran más pesadas, más controladas y menos redituables, pero lo hacían sin protestar. De los pasajeros, algunos se quejaban, pero la mayoría se habían resignado, ese era el único medio que tenían para viajar, otros se pasaban a los particulares o buscaban otra alternativa.
Realmente era llamativamente dramática la indiferencia de los marineros oficiales ante su propio naufragio, decían que paraban para transportar mejor: íqué paradoja! Algunos proponían seguir navegando, hacerse cargo del barco y ver de reflotarlo, pero la mayoría opinaba que esa era tarea del estado, su dueño, al que de verdad, poco o nada parecía interesarle el futuro de la nave.
Los barcos privados, mientras tanto, trabajaban cada vez más, se hacían más grandes pero con reducido personal, la gente aspiraba viajar en ellos, aunque a veces tenía que sacrificarse. Si daba pena ver al primitivo orgullo de los mares, donde se habían formado infinidad de oficiales y marineros, anclado en el puerto, desvencijado; sus tripulantes desorientados en cubierta, protestando por un sistema que desaparecía. Sin comprender que se iniciaba una nueva era en el transporte naval; que había que analizar técnica administrativamente la situación actual, la nueva realidad socio económica, investigar, ver otras experiencias, tener ideas, propuestas sustentables que había que participar, tener responsabilidad activa en el funcionamiento de la nave , en el cumplimiento de horarios, destinos, que eso también comprende el deber, la tarea de los oficiales, marineros para brindar un servicio de calidad con efectividad, eficacia, eficiencia que es el desafío actual que es el desafía de cualquier emprendimiento de servicios.
Libertador, Ledesma, Jujuy, junio de 2007, un período con una formidable crisis en el servicio de navegación.
Libertador, Ledesma, mayo de 2026: El Estado hizo construir un enorme barco, llevó unos tres años hacerlo, cuando estuvo listo se encontraron que no podían ponerlo en servicio por falta de capacidad económica, planificación sanitaria financiera para mantenerlo a flote en condiciones aceptables y ahí está deteriorándose.
Cualquier semejanza con la realidad, es simple coincidencia.
(*) Juan Carlos Giménez, 83 años jujeño, es médico clínico, cardiólogo, especialista en Salud Pública, residencia de Medicina General por el Conareme. Desarrolló su actividad médica asistencial durante 45 años en el hospital Ingenio Ledesma, luego hospital "Oscar Orías", como médico de guardia, consultorio, jefe de Clínica Médica, hizo la Guía de la Consulta Médica del Consejo de Médicos de Jujuy 2006, presentó trabajos en congresos médicos sobre aspectos epidemiológicos de la enfermedad de Chagas.