PUBLICIDAD

Hay decisiones que no necesitan más información

El miedo a decidir puede llevarnos a esperar que otros hagan el movimiento que evitamos. Una reflexión sobre responsabilidad, aceptación y las consecuencias de aquello que ya sabemos.
Miércoles, 07 de octubre de 2026 00:00
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
iniciá sesión o registrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva para suscriptores

En "Un novio para mi mujer", una comedia argentina protagonizada por Adrián Suar y Valeria Bertuccelli, un hombre quiere separarse de su mujer, pero no se anima a decírselo. Entonces se le ocurre una solución bastante particular: conseguir que otro hombre la conquiste. El plan parece sencillo: si ella se enamora de otro, será ella quien se vaya. Ella tomará la decisión. Ella producirá el movimiento. Y él podrá quedar, de algún modo, a salvo de tener que hacer aquello que ya sabe que quiere hacer. La película lo lleva al terreno de la comedia.

Pero la situación quizás no nos resulte tan ajena. ¿Cuántas veces esperamos que sea el otro quien haga el movimiento que nosotros no nos animamos a hacer? ¿Cuántas veces necesitamos una prueba más, una conversación más, una señal más? ¿Cuántas veces vemos perfectamente lo que está sucediendo, pero esperamos que alguien venga a confirmarnos que aquello que vemos es realmente lo que vemos?

Hay decisiones que necesitan tiempo, información, reflexión, asesoramiento. Decidir impulsivamente no siempre es valentía.

Pero hay otras decisiones en las que el problema ya no es la falta de información.

Sabemos. Y, sin embargo, seguimos buscando. Otra explicación. Otra oportunidad. Otra opinión. Otro mensaje. Otra conversación. Otra promesa. No necesariamente porque necesitemos saber más. Sino porque todavía no estamos preparados para asumir las consecuencias de lo que ya sabemos.

Cuando los hechos no nos alcanzan. Esto ocurre mucho en los vínculos. Vemos distancia, pero esperamos que el otro diga: "Sí, me alejé". Vemos desinterés, pero necesitamos escuchar: "Ya no quiero". Vemos una conducta repetida una y otra vez, pero seguimos esperando una explicación que convierta los hechos en otra cosa.

También sucede en el trabajo. Hace tiempo sabemos que ese lugar nos enferma, nos limita o dejó de representarnos. Lo hablamos con amigos, hacemos listas, consultamos, analizamos posibilidades. Y seguimos ahí.

Sucede con amistades que hace mucho dejaron de ser recíprocas. Con relaciones familiares en las que sabemos que necesitamos poner un límite. Con proyectos que terminaron aunque todavía no hayamos tenido el coraje de cerrarlos. A todos, en algún momento, nos pasó.

Porque ver una realidad y aceptar una realidad son dos cosas diferentes. Mientras solamente la veo, todavía puedo discutir con ella. Cuando la acepto, aparece una pregunta mucho más incómoda: ¿Y ahora qué voy a hacer con esto que sé?

Que decida el otro. Hay algo tentador en conseguir que sea el otro quien tome la decisión. Si el otro se va, yo no lo dejé. Si me despiden, yo no renuncié. Si deja de llamarme, yo no puse el límite.

Si las circunstancias se vuelven insoportables, entonces recién puedo irme. Parece que de ese modo quedáramos eximidos de responsabilidad. Inocentes. Porque decidir implica reconocer que también tenemos una parte en la construcción de nuestra realidad.

Y esto necesita una aclaración fundamental: hacernos responsables no significa declararnos culpables. No somos responsables de la mentira del otro, de su violencia, de su indiferencia, de una injusticia que alguien cometió contra nosotros ni de decisiones ajenas. Pero sí podemos preguntarnos qué hacemos nosotros frente a aquello que ocurrió.

Responsabilidad es, justamente, recuperar nuestra capacidad de respuesta. Es reconocer la parte de la realidad sobre la que todavía tenemos poder. Podemos haber sido profundamente heridos por algo que no elegimos y, aun así, llegar a un momento en el que necesitemos decidir qué haremos con nuestra vida después de eso.

Y mientras tanto...

A veces creemos que no decidir nos deja exactamente donde estamos. Pero no. Mientras esperamos, la vida sigue ocurriendo. Y también hay un costo en quedarse. Tal vez por eso algunas decisiones no necesiten más explicaciones. Necesiten una pregunta.

Pensá por un instante en eso que hace tiempo da vueltas en tu vida. Eso sobre lo que hablaste tantas veces. Eso para lo que pediste opiniones, buscaste señales, esperaste cambios. Eso que quizás seguís esperando que alguien resuelva por vos.

¿Qué es lo que ya sabés? No lo que imaginás. No lo que temés. No lo que quisieras que sucediera. Lo que sabés. ¿Y qué tendría que pasar para que finalmente le creas a lo que estás viendo? ¿Que el otro lo diga? ¿Que vuelva a suceder? ¿Que duela un poco más? ¿Que alguien te dé permiso?

Quizás la pregunta ya no sea qué decisión tenés que tomar. Quizás sea: ¿Qué es lo que todavía no estás dispuesto a aceptar porque, si lo aceptaras, sabrías qué hacer?

(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop–Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo humano, con herramientas aplicables a la vida cotidiana y al mundo profesional.

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD