En un rincón del sureste de Polonia, sobre la vía férrea que conectaba las grandes ciudades con guetos repletos de judíos, los ingenieros de las SS trazaron en noviembre de 1941 los planos de un lugar concebido exclusivamente para matar. No era un campo de trabajo ni de concentración. Era, según la propia documentación nazi, un centro de exterminio: Belzec.
El campo se ubicaba en el distrito de Lublín, junto a la vía ferroviaria del mismo nombre, y su construcción comenzó en el marco de la Aktion Reinhard, el plan nazi para exterminar a dos millones de judíos en el Gobierno General —el territorio polaco bajo ocupación alemana. La lógica era brutal en su simplicidad: levantar la infraestructura de la muerte donde los trenes ya circulaban, para que las víctimas llegaran sin demora a su destino final.
La máquina puesta en marcha
Bajo la supervisión de las SS y de guardias de policía auxiliares entrenados en Trawniki, obreros civiles polacos comenzaron la construcción del centro de exterminio en las afueras de Belzec, a lo largo de una vía principal que conectaba los grandes centros de población judía en y alrededor de Leópolis, Varsovia y Lublin.
Las cámaras de gas se construyeron inicialmente en un edificio de madera y funcionarían con monóxido de carbono. En febrero de 1942, las tres cámaras de gas del campo fueron probadas sobre diversos grupos de judíos —entre ellos los mismos trabajadores que las habían construido—, y el 17 de marzo Belzec abrió oficialmente sus puertas como centro de exterminio.
Belzec fue el segundo centro de exterminio que abrieron los nazis, después de Chelmno. Un pequeño grupo de 20 a 30 oficiales alemanes de las SS y de la policía administraba el centro de exterminio. Los completaban entre 90 y 120 guardias ucranianos reclutados de campos de prisioneros de guerra, quienes ejercían la vigilancia cotidiana sobre los condenados.
El mecanismo de engaño formaba parte esencial del proceso. Los prisioneros eran informados de que se trataba de un campo de tránsito y que debían desinfectarse. Los trenes de carga llegaban con decenas de vagones atestados. Los pasajeros —hombres, mujeres, niños— habían viajado durante horas o días sin agua ni comida. Muchos morían antes de llegar.
El testimonio de los que no debían sobrevivir
Rudolf Reder fue uno de los dos únicos sobrevivientes que pudieron relatar el funcionamiento interno del campo. Llegó a Belzec el 16 de agosto de 1942, en un convoy desde Leópolis. En su testimonio de 1946, recogido por el EcuRed y otras fuentes, describió la deshumanización total: "Nos movíamos en círculos como gente que no tiene ya voluntad. Éramos una masa."
El otro gran testimonio provino de un lugar impensado: el interior mismo de las SS. Kurt Gerstein, oficial de las SS y director de los Servicios de Higiene de las Waffen-SS, visitó el campo el 18 de agosto de 1942 y presenció en persona una operación de exterminio, de la que dejó constancia escrita. Su informe, redactado poco antes de suicidarse en prisión en 1945, fue utilizado durante los Juicios de Núremberg como evidencia de los crímenes cometidos en Belzec.
El balance del horror
Entre marzo y diciembre de 1942, el campo funcionó sin pausa. Los alemanes deportaron al centro de exterminio a unos 434.500 judíos y a una cantidad indeterminada de polacos y romaníes (gitanos), y todos fueron asesinados. La mayoría de los judíos provenía de los distritos de Galicia, Cracovia y Lublin. Los nazis también deportaron a judíos alemanes, austriacos y checos desde campos y guetos de tránsito hacia Belzec.
La Enciclopedia Yad Vashem, el instituto oficial de conmemoración del Holocausto de Israel, cifra el total de víctimas en 600.000, incluyendo centenares de gitanos.
El intento de borrar el rastro
En diciembre de 1942, Belzec fue el primero de los campos de la Operación Reinhard en cerrarse. Pero el trabajo de los perpetradores no había terminado. Conscientes de la magnitud de lo que habían hecho, los nazis pusieron en marcha un plan sistemático para hacer desaparecer las pruebas.
Para finales de la primavera de 1943, los judíos que realizaban trabajos forzados, custodiados por las SS, habían completado la tarea de exhumar y quemar los cuerpos, y habían desmantelado el campo. En junio de 1943, el campo fue liquidado y los judíos que realizaban trabajos forzados fueron fusilados en Belzec o deportados al centro de exterminio de Sobibor para ser gaseados. Después de que el campo fue desmantelado, los alemanes araron el lugar, construyeron una casa solariega, plantaron árboles y cultivos para disfrazar el área como una granja, y asignaron a un antiguo guardia auxiliar para que cultivara la propiedad y camuflara aún más el sitio.
En julio de 1944, el ejército soviético se hizo cargo de la zona. Encontraron tierra removida, un paraje rural aparentemente ordinario. Solo el testimonio de Rudolf Reder, en 1945, permitió ubicar e identificar el terreno. Hoy, en ese lugar, se levanta un monumento en homenaje a las víctimas.
La memoria que persiste
Belzec representa una de las páginas más oscuras de la Segunda Guerra Mundial, pero también una lección sobre la fragilidad de la memoria histórica. A diferencia de Auschwitz, cuyas estructuras sobrevivieron en parte, en Belzec los nazis casi lograron su doble crimen: primero el asesinato, luego el olvido.
Las instituciones internacionales de preservación de la memoria —el Museo del Holocausto de Washington (USHMM), Yad Vashem en Jerusalén, el Centro Internacional para la Prevención y el Castigo del Crimen de Genocidio— han trabajado durante décadas para reconstruir lo que allí ocurrió a partir de documentos de la época, testimonios judiciales y excavaciones arqueológicas. Su labor es también una forma de resistencia: la misma obstinación con la que los verdugos intentaron borrar las huellas, los historiadores las han reconstruido una a una.