Con la fuerza de la fe puesta de manifiesto en cada momento de su vida, Fabián Vicente Gutiérrez compartió su historia de gratitud infinita en Dios. Nació el 20 de enero del año 1959 en las Serranías del Zapla, junto a once hermanos y padres presentes con quienes aprendió los valores humanos y la cultura por el trabajo desde edad temprana. A sus catorce años, se mudó a San Salvador donde vive. "Mi madre conoció a Cristo y a la religiosidad, tenemos una fuerte unión con la iglesia", reveló Gutiérrez que compartió su historia de superación personal.
Cuando cumplió veintitrés años, una enfermedad inesperada lo sorprendió. Como principales síntomas empezó a tener falta de apetito, a sufrir de fiebre repentina y a tener tos. Era tuberculosis que lo dejó internado por tres meses, pero gracias a la ayuda divina, logró salir adelante. "Fui al hospital 'San Roque' por un tratamiento de seis meses, porque como estaba avanzado me empezó a salir sangre al toser; fui de urgencia porque también había bajado de peso y me recuperé", aseguró.
Los años fueron pasando y obtuvo su trabajo como conductor de transporte. No obstante, volvería a tener la misma enfermedad, cinco años después. "Manejaba con los vidrios cerrados de las ventanillas y me volví a contagiar de una mujer que tosía, ella estaba con tuberculosis. Me entero que al mes falleció y a mí me agarró, más fuerte", comentó Gutiérrez sobre esta experiencia que le hizo valorar aún más la vida.
A consecuencia de esto, fueron afectados ambos pulmones por lo que los médicos que siguieron su caso, no le dieron esperanzas para sobrevivir. La situación provocó un quiebre en su organismo, comenzó a bajar de peso hasta llegar a los 45 kilos. "Era piel y huesos, pero Dios me regresó a la vida. Me daba asco la comida y tenía fiebre de noche, con la piel y la transpiración amarilla", remarcó.
Los profesionales abordaron el cuadro que presentaba, decidieron recetarle un total de diez pastillas y esperar tres meses para ver si podía atravesar la circunstancia delicada. Pero, en ese tiempo, con veintiocho años, casado y con una hija pequeña, no se quería morir. "A los dos meses y medio, apenas andaba. Me tenían que levantar para llevarme a hacer mis necesidades. No tenía solución para los doctores. Estuve una semana internado y me llevaron a mi casa para evitar los virus intrahospitalarios. Hasta que un día, estaba desahuciado, 'huesito' y me tiré panza abajo. Hablé y sentí que Dios me escuchó. Una voz potente me preguntó qué necesitaba y yo le respondí como pude: 'Quiero ser sano, quiero subir de peso aunque sea tres kilos más'", relató conmovido al recordar aquel episodio.
Al día siguiente, algo muy particular comenzó a percibir. Era su piel que se estiraba y las ganas de comer, resurgieron en él, de un día para el otro. "Empecé a querer comida, pedía una ensalada que nunca comía con cebolla, tomate y pan, mi esposa se sorprendió y aumenté tres kilos justo", reveló este jujeño que decidió ir de inmediato al hospital para chequear su salud.
Se realizó análisis de sangre, junto a radiografías para saber cómo se encontraba. "Salió todo negativo, usted está sano", le aseguró la enfermera. De inmediato, con una alegría que abrazó su corazón, se arrodilló ante una planta de palta y agradeció con el alma este renacer. "Al mes siguiente, fui a cobrar al banco y me encontré con los doctores Medina y Chomnales, que me habían dado las diez pastillas y no lo podían creer. 'íEstás vivo!'", aseguró que le expresaron con asombro. A pedido del primero de ellos, Gutiérrez hizo nuevamente los análisis y fue a controlarse. Dios existe. Y se manifestó a través de un milagro que fue difícil de explicar y que nadie pudo comprender.
Tener resiliencia, lo hizo fortalecerse más tanto física como espiritualmente. Y llegó a trabajar en Amankay, un taller mecánico. Allí, cada febrero se organizaba una carrera de 10 kilómetros en un recorrido céntrico que requería decisión, resistencia y rapidez. "Me preparé, corría hasta la cancha de Gimnasia; quise estar presente para decirles a todos que estoy sano, que Dios me dio pulmones nuevos y, así, salí tercero. Casi salgo segundo, pero se me adelantó el otro corredor a último momento", recordó orgulloso.
Un nuevo incidente le acaecería y pondría en riesgo su existencia. Al realizar trabajo de mantenimiento, se cayó del techo de su casa desde el tercer piso. "Me rompí la rodilla, el tobillo, la mano y la costilla. Por ocho meses no caminé; después, cinco meses estuve en cama, me acuerdo que no me movía para nada, era una tabla", compartió quien utilizó silla de ruedas, muletas y bastones para rehabilitarse. No tuvo miedo ante la aparición del Covid-19 e incrementó su fe en medio de la pandemia. "Dios me bendijo en gran manera porque he prosperado en todo sentido, agradezco la familia que tengo y el trabajo", dijo quien se desempeña con el tren delantero de vehículos.
Fue tal su agradecimiento al Altísimo por la vida, que tomó sus ahorros y decidió viajar a Israel para ir al río Jordán y bañarse en sus aguas, con una emoción viva e indescriptible. "Fui un privilegiado, le dije: 'Señor, sáname mis huesos' y me volví a bautizar en el río", aseguró el jujeño que no pierde la esperanza de que las personas crean y que depositen sus oraciones en el Todopoderoso.