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La mujer cajera

Cuando la necesidad, el cuidado y la confianza entran en juego.

Sabado, 15 de agosto de 2026 00:00
APUESTAS ONLINE

En los últimos meses apareció una figura que, hasta hace apenas unos años, era impensada: la de la mujer que vende apuestas desde su casa. No tiene una agencia. No alquila un local. Tiene un teléfono celular. Recibe mensajes por Whatsapp o Facebook, anota números, cobra por transferencia, envía comprobantes y, muchas veces, organiza también rifas, sorteos y otras formas de juego informal. En algunos barrios ya todos saben quién es. Es la vecina. La mamá que espera a sus hijos cuando salen de la escuela. La que vende empanadas los fines de semana. La que también ofrece cosméticos, ropa o tortas. Y, desde hace un tiempo, también vende apuestas.

Cuando hablamos de juego ilegal solemos imaginar grandes organizaciones, plataformas internacionales o redes clandestinas. Sin embargo, existe otra realidad mucho más silenciosa. Una realidad que no se explica solamente desde la ilegalidad. Se explica, muchas veces, desde la necesidad.

La mayoría de estas mujeres no comenzó pensando en convertirse en organizadora de apuestas. Comenzó buscando un ingreso. Muchas son madres que crían solas a sus hijos. Otras dejaron trabajos informales para quedarse en sus casas cuidando a un niño pequeño, a un familiar enfermo o porque, simplemente, no encontraron otra oportunidad laboral.

La economía del cuidado sigue teniendo rostro de mujer. Y eso tiene consecuencias. Según la Cepal, las mujeres dedican significativamente más horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, lo que limita sus posibilidades de acceder a empleos formales, estables y con mejores ingresos.

Cuando el mercado laboral expulsa, la informalidad aparece como una alternativa. Y las redes sociales hicieron el resto.

Hoy alcanza un teléfono. Un grupo de Whatsapp. Un perfil de Facebook. Un alias. Quizás una de las definiciones más lúcidas sobre este fenómeno la aporta la periodista María Florencia Alcaraz, quien describe a la cajera online como "una especie de involución precaria del teletrabajo y, a la vez, una forma de monetización del tiempo destinado a los cuidados". La frase pone en palabras una realidad que durante mucho tiempo pasó inadvertida.

Muchas de estas mujeres no trabajan desde sus casas porque encontraron una nueva oportunidad de desarrollo laboral. Lo hacen porque necesitan generar ingresos sin abandonar las tareas de cuidado que siguen recayendo, casi exclusivamente, sobre ellas.

Mientras preparan el almuerzo, ayudan con la tarea escolar, acompañan a un adulto mayor o esperan a sus hijos a la salida de la escuela, responden mensajes, reciben transferencias, cargan apuestas y pagan premios. El teléfono celular se convierte, al mismo tiempo, en oficina, caja registradora y espacio de trabajo. Ya no libera tiempo: muchas veces lo coloniza. Los tiempos del cuidado y del trabajo dejan de tener fronteras.

No es el teletrabajo que prometía mayor autonomía. Es una forma de precarización que monetiza cada minuto disponible de una jornada ya atravesada por el trabajo doméstico y de cuidados.

La tecnología democratizó muchas oportunidades. Pero también democratizó las actividades ilegales. Ya no hace falta un local para vender apuestas. Tampoco grandes inversiones. El negocio entra en un bolsillo. Lo llamativo es que muchas de estas mujeres ni siquiera perciben que están participando de una actividad ilegal.

Para ellas es simplemente "hacer una rifa", "vender un bono contribución", "levantar una jugada para los vecinos", "organizar una apuesta deportiva entre los chicos del barrio", "dar una mano" o "recaudar unos pesos". Detrás de esa aparente simplicidad existe una realidad que muchas veces se desconoce. Recibir apuestas, organizarlas o facilitar su realización sin autorización no constituye una actividad informal más. En la Argentina puede configurar un delito previsto en el artículo 301 bis del Código Penal, que sanciona la explotación y organización del juego clandestino.

Pero la diferencia entre el juego legal y el ilegal no se limita únicamente a una cuestión normativa. En los sistemas autorizados existen controles para verificar la identidad y la mayoría de edad de quienes participan, mecanismos para prevenir el lavado de activos, auditorías, medidas de Juego Responsable. No hay aportes al Estado que luego financien políticas públicas ni programas de autoexclusión y organismos públicos encargados de fiscalizar su funcionamiento. En cambio, cuando las apuestas se realizan por fuera del circuito legal, todas esas garantías desaparecen.

Muchas personas creen que simplemente están "dando una mano" o generando un ingreso extra. Sin advertirlo, pueden terminar integrando una estructura de juego ilegal mucho más amplia. Mientras los verdaderos organizadores permanecen ocultos detrás de servidores y plataformas, las cajeras exponen su nombre, su CBU y su propia responsabilidad penal.

Pero detenernos solamente en eso sería quedarnos con la parte más visible del problema.

La verdadera pregunta es otra. ¿Por qué, en la mayoría de los casos, quien recibe las apuestas es una mujer? Probablemente porque el juego clandestino también se apoya en un capital social muy valioso: la confianza. No es casualidad. Es la vecina conocida por todos. La mujer que atiende el kiosco. La que vende cosméticos por catálogo. La que organiza la venta de empanadas para el club.

Esa confianza, que debería ser un valor para fortalecer el tejido social, termina convirtiéndose en la principal garantía de una actividad informal. Quizás el éxito de las cajeras no se explique solamente por la crisis económica. También por algo más profundo: la confianza comunitaria. No depositamos dinero en un algoritmo. Lo depositamos en la vecina que conocemos hace veinte años, en la mamá de un compañero de nuestros hijos, en la mujer que siempre organizó la rifa del club. La tecnología cambió el medio. La confianza sigue siendo profundamente humana.

En algunas provincias incluso se conocieron casos de docentes denunciadas por recibir apuestas aprovechando el contacto cotidiano con las familias y los adolescentes. Más allá de cada situación particular, el dato revela hasta qué punto estas prácticas logran instalarse cuando median relaciones de confianza.

La cajera no solo monetiza el tiempo destinado a los cuidados. También monetiza la confianza de su comunidad y la expectativa de ganar de sus vecinos. Mientras intenta llegar a fin de mes, administra la ilusión de quienes esperan que esta vez la suerte los elija.

Necesitamos fortalecer el empleo femenino, generar alternativas para quienes sostienen solas a sus familias, promover la educación financiera y digital, y seguir combatiendo las redes de juego ilegal. Porque cuando una madre encuentra en una actividad ilegal la única manera de llevar dinero a su casa, el problema ya dejó de ser solamente del juego. Es un problema de todos.

(Autoría María Spengler, licenciada en Educación Física y técnica en Gestión y administración en juegos de azar).

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