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Familias, adolescencias y desafíos en la era digital

Cuando aquello que nos preocupa sale a la luz, la conversación recién empieza. Cómo acompañar.

Martes, 11 de agosto de 2026 00:00
Foto de archivo | Nadie debería quedar reducido al momento más difícil de su vida.

Hay un momento que casi todas las familias recuerdan con precisión. El día en que descubrieron que algo estaba pasando. Puede haber sido una transferencia desconocida. Un movimiento extraño en una billetera virtual. Una deuda. Un mensaje. Una llamada. O simplemente una confesión. Hasta ese instante, aquello que preocupaba parecía estar afuera. A partir de ese momento, entra a la casa. Y casi siempre la primera reacción es la misma. Enojo. Miedo. Decepción. "¿Cómo pudiste hacernos esto?" "¿En qué estabas pensando?" "¿Me mentiste todo este tiempo?"

Es una reacción profundamente humana. Porque cuando una familia descubre que un hijo está atravesando una situación que lo pone en riesgo, siente que también perdió algo. La tranquilidad.

La confianza. La sensación de que todo estaba bien. Entonces aparecen las decisiones impulsivas. Se terminó el celular. No salís más. No ves más a tus amigos. No manejás plata. Y muchas veces también aparece una exigencia imposible. "Prometeme que nunca más va a pasar". Pero las dificultades no se resuelven con promesas. Si así fuera, nadie necesitaría ayuda.

Hay algo que me gustaría decirles a las familias. Ningún adolescente que está atravesando una situación de este tipo necesita más culpa. Créame. Ya carga con demasiada. Muchas veces siente vergüenza. Miedo. Frustración. Y una enorme sensación de haber decepcionado a quienes más quiere. Por eso, antes de preguntarnos qué hizo, quizás deberíamos intentar comprender qué le estaba pasando. Detrás de una apuesta puede haber muchas historias. Una necesidad de pertenecer. Una búsqueda de reconocimiento. El intento de aliviar una angustia. El aburrimiento. La dificultad para tolerar una frustración. La soledad. O simplemente un adolescente intentando escapar, aunque fuera por unos minutos, de algo que todavía no sabía cómo enfrentar. Comprender eso no significa justificar. Tampoco minimizar lo ocurrido. Significa entender que nadie cambia cuando solamente se siente juzgado. Hay una diferencia muy importante. Podemos comprender una emoción sin aprobar una conducta. Podemos decirle a un adolescente: "Entiendo que estabas sufriendo", sin decirle por eso que estuvo bien lo que hizo.

Esa diferencia cambia por completo la conversación. Los padres suelen tener otro miedo. Creen que comprender equivale a ser permisivos. Y no es así. Acompañar no significa aceptar cualquier conducta. Acompañar significa estar presentes incluso cuando hay que poner límites. Porque un límite sin afecto suele vivirse como un castigo. Y un afecto sin límites termina convirtiéndose en abandono. Los adolescentes necesitan ambas cosas. Necesitan adultos capaces de decir "no", sin dejar de transmitir un mensaje todavía más importante: "Estoy con vos y vamos a atravesar esto juntos".

Hay una frase que escucho con frecuencia. "Ya no sé qué hacer con mi hijo". Y cada vez que la escucho pienso lo mismo. Tal vez no haya que hacer cosas sobre él. Tal vez haya que empezar a hacer cosas con él. Salir a caminar. Volver a compartir una comida. Recuperar horarios. Mirar un partido por el simple placer de disfrutarlo. Escuchar música juntos. Preguntar cómo estuvo el día.

Y quedarse a escuchar la respuesta. Porque cuando aparece una dificultad, muchas familias convierten todas las conversaciones en un interrogatorio. "¿Apostaste?" "¿Me estás diciendo la verdad?" "¿Qué hiciste con la plata?". Son preguntas comprensibles. Pero cuando ocupan todo el vínculo, el adolescente deja de sentirse hijo. Empieza a sentirse sospechoso. Y nadie reconstruye la confianza sintiéndose permanentemente vigilado.

La confianza se reconstruye de otra manera. Con tiempo. Con pequeños acuerdos. Con conversaciones incómodas. Con retrocesos. Con paciencia. Y con la decisión de seguir caminando juntos incluso cuando el proceso parece lento. Las investigaciones muestran algo esperanzador. Los adolescentes tienen más posibilidades de recuperarse cuando encuentran adultos disponibles, que escuchan, ponen límites claros y construyen vínculos protectores, que cuando solamente reciben castigos, amenazas o aislamiento.

Eso no significa mirar para otro lado. Significa intervenir. Buscar ayuda profesional cuando sea necesario. Controlar el acceso al dinero mientras exista riesgo. Hablar con la escuela si hace falta.

Trabajar en red. Pero, sobre todo, significa recordar algo que nunca deberíamos perder de vista. Detrás de aquello que hoy nos preocupa sigue estando la misma persona. El mismo hijo. La misma hija. Con los mismos sueños. Los mismos talentos. Y el mismo deseo de sentirse querido.

Hay un riesgo del que hablamos muy poco. La estigmatización. De pronto ese adolescente deja de ser "el que juega al hockey", "la que canta", "el apasionado por los autos" o "la que dibuja hermoso". Empieza a ser nombrado únicamente por aquello que le está pasando. Y eso también lastima.

Nadie debería quedar reducido al momento más difícil de su vida. Las personas siempre son mucho más que sus dificultades. Por eso recuperarse no consiste únicamente en dejar de apostar. Consiste en volver a descubrir quién soy cuando esa conducta deja de ocupar todo el espacio. Volver a recuperar intereses. Amistades. Proyectos. Motivos para entusiasmarse.

Cuando una familia me pregunta cuál es el primer objetivo del acompañamiento, mi respuesta casi nunca empieza por las apuestas. Empieza por otra palabra. Vínculo. Que vuelvan a hablar. Que vuelvan a compartir tiempo. Que vuelvan a mirarse. Porque nadie sale solo de un proceso que lo fue aislando de quienes más quería. Y porque muchas veces el acompañamiento más importante empieza antes del consultorio. Empieza en la mesa de la casa. En una conversación. En un abrazo. En un "estoy preocupado por vos" en lugar de un "estoy cansado de vos".

Muchas familias creen que todo termina cuando el adolescente deja de apostar. La realidad suele ser exactamente al revés. Ahí comienza el trabajo más importante. Reconstruir la confianza. Aprender a convivir con el miedo sin que ese miedo gobierne la vida familiar. Recuperar proyectos. Volver a disfrutar un domingo. Reír otra vez. Porque dejar de apostar no devuelve automáticamente todo lo que esa conducta pudo haber dañado. Pero abre la posibilidad de empezar a recuperarlo. Y esa recuperación tiene una palabra que aparece poco en las estadísticas, pero muchísimo en las historias de quienes logran salir adelante. Esperanza. La próxima semana hablaremos justamente de eso. Porque cuando una conducta deja de ocupar el centro de la vida, la verdadera pregunta ya no es solamente cómo dejar de apostar.

La verdadera pregunta es mucho más desafiante: ¿cómo ayudamos a un adolescente a construir una vida en la que ya no necesite buscar en una apuesta aquello que puede encontrar en sus vínculos, en sus proyectos y en un futuro con sentido? (Autoría María Spengler, licenciada en Educación Física y técnica en Gestión y administración en juegos de azar).

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