Durante décadas, el mercado inmobiliario operó como la principal alternativa de inversión. Sin embargo, la dinámica actual obliga a revisar esta premisa histórica. Hoy presenciamos un escenario donde: los costos se encarecen de forma sostenida -tanto en pesos como en dólares-, mientras que la demanda permanece plana.
Esta semana se supo que el costo directo de obra ya alcanzó US$ 1.500 por m2. Si a esta compresión de márgenes le sumamos un mercado estancado por la falta de crédito ante tasas elevadas, el diagnóstico resulta ineludible. ¿Tiene sentido inmovilizar capital en un activo con perspectivas negativas en el corto plazo?
Ante este dilema, la selectividad parece ser la única brújula. Para quienes insisten en posicionarse en el sector, la respuesta ya no pasa por el mercado masivo, sino por dos vías muy concretas: la detección quirúrgica de proyectos de oportunidad y la vía bursátil. En las últimas semanas se vienen lanzando fondos comunes que adquieren inmuebles con alquiler asegurado, aportando liquidez y flujos periódicos sin la carga operativa del activo físico.
La recomendación estratégica es ser cautos: conviene esperar a que maduren mejores condiciones macroeconómicas y canalizar el capital únicamente hacia vehículos financieros estructurados o desarrollos con un margen de descuento. El inmueble tradicional dejó de ser una garantía automática de rentabilidad; en contextos como el nuestro, la falta de análisis puede ser cara.