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No es el casino, sino que empieza mucho antes

Compartimos el primero de una serie de artículos sobre familias, adolescencias y desafíos en la era digital.

Martes, 28 de julio de 2026 00:00
EL PAPEL DE LOS ADULTOS | AYUDARLOS A PENSAR HASTA QUE PUEDAN HACERLO CADA VEZ MEJOR POR SÍ MISMOS.

Hay preguntas que incomodan porque no tienen una respuesta sencilla. ¿En qué momento dejamos de saber qué hacen nuestros hijos cuando cierran la puerta de su habitación? No hablo de controlarlos. Hablo de conocerlos. ¿Sabemos qué videos miran? ¿Qué cuentas siguen? ¿Qué los hace reír? ¿Qué los preocupa? ¿Quiénes son sus referentes? ¿Con quién hablan cuando tienen un problema? ¿Qué sueñan? ¿Qué sienten?

Tal vez la pregunta más difícil sea otra. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos una conversación larga con ellos sin que alguno de los dos mirara el celular? Vivimos convencidos de que el problema son las apuestas. Pero las apuestas no llegaron primero. Primero llegó otra cosa. El silencio. Y ese silencio no apareció porque sí.

Los adultos también estamos agotados. Trabajamos más horas. Llegamos más cansados. Corremos todo el día intentando cumplir con exigencias que parecen multiplicarse. Queremos ser buenos padres, buenos hijos, buenos profesionales, mantener la pareja, cuidar a nuestros padres, entrenar, alimentarnos mejor, aprender algo nuevo, emprender, viajar, ahorrar, sanar heridas, leer, hacer actividad física, estar presentes, cumplir con todo y, si queda tiempo, descansar. Vivimos con la sensación permanente de llegar tarde. Y en esa carrera, muchas veces nuestros hijos quedaron esperando. No porque no los queramos. Porque nosotros también nos perdimos en un mundo que cambió demasiado rápido. Mientras ellos crecían, el mundo se transformó a una velocidad para la que nadie nos había preparado. Nos enseñaron a llevarlos de la mano para cruzar la calle. Nos enseñaron a ponerles casco cuando aprendían a andar en bicicleta. Nos enseñaron a no hablar con desconocidos. Pero nadie nos enseñó a acompañarlos cuando empezaron a vivir buena parte de su vida detrás de una pantalla.

Y vale la pena decir algo con claridad. La tecnología no es el enemigo. Sería injusto afirmarlo. Gracias a ella trabajamos, estudiamos, aprendemos, nos comunicamos, resolvemos problemas en segundos y mantenemos vínculos que antes eran imposibles. También nos entretiene. Nos hace reír. Nos ayuda a descansar después de un día difícil. Nuestros hijos también aprenden, crean, juegan, investigan, escuchan música, hacen amigos y desarrollan habilidades a través de la tecnología.

El problema nunca fue la tecnología. El problema aparece cuando empieza a reemplazar experiencias que ninguna pantalla puede ofrecer. Una conversación. Una comida compartida. El aburrimiento que despierta la imaginación. El deporte. La plaza. El club. Las charlas sin apuro. Porque quizás la pregunta ya no sea cuánto tiempo pasan nuestros hijos frente al celular.

La verdadera pregunta es otra. ¿Qué dejó de ocurrir desde que el celular llegó a nuestras casas? Mientras nosotros apenas sabemos qué serie están viendo o cuál es el videojuego de moda, las plataformas ya saben cuánto tiempo permanecen mirando un contenido, qué los emociona, qué les genera ansiedad, qué deporte siguen, qué música escuchan, a qué hora suelen conectarse y cuáles son sus intereses. No porque sean malvadas. Sino porque fueron diseñadas para aprender de nuestro comportamiento. Las redes sociales no son malas. Los videojuegos tampoco. Las aplicaciones no tienen la culpa. Pero todas compiten por algo muy valioso. Nuestra atención. Cada notificación. Cada video recomendado. Cada recompensa. Cada "deslizá para seguir viendo". Cada contenido que aparece exactamente cuándo creemos haber terminado. Todo está pensado para que permanezcamos un minuto más. Y pocas industrias entienden el valor de la atención como las plataformas de apuestas.

Antes había que entrar a un casino. Hoy alcanza con hacer una transferencia desde un teléfono. No hace falta viajar. No hace falta salir de casa. Ni siquiera hace falta levantarse de la cama. Las apuestas llegaron al mismo lugar donde nuestros hijos estudian, hablan con sus amigos, escuchan música, juegan y construyen buena parte de sus relaciones. No irrumpieron en un territorio vacío. Llegaron a un espacio donde los adolescentes ya pasaban gran parte de su tiempo. Y muchas veces nosotros ni siquiera las vimos entrar. Pero sería demasiado fácil responsabilizar únicamente a la industria del juego.

También deberíamos preguntarnos qué espacios fuimos dejando vacíos. Hace no tanto tiempo, la plaza era un punto de encuentro. El club era una segunda casa. Las bicicletas esperaban en la vereda. Las tardes se llenaban de partidos improvisados, caminatas, conversaciones interminables o simplemente de aburrimiento. Y el aburrimiento, aunque hoy nos cueste creerlo, era un gran maestro. Del aburrimiento nacía la creatividad. La imaginación. Los proyectos. Hoy muchos adolescentes encuentran en el mundo digital algo que antes buscaban en otros espacios. Pertenecer. Sentirse reconocidos. Compartir intereses. Construir identidad.

El problema no es que lo encuentren allí. El problema aparece cuando ese termina siendo el único lugar donde sienten que alguien los ve. Y nosotros seguimos intentando comprenderlos desde la adolescencia que vivimos hace treinta años. Nos preguntamos por qué ya no quieren salir. Por qué pasan tantas horas en su habitación. Por qué el club dejó de entusiasmarles. Pero pocas veces hacemos otras preguntas. ¿Qué los apasiona? ¿Qué les da miedo? ¿Qué los hace sentir parte de un grupo? ¿Qué los preocupa? ¿Qué lugar sienten que ocupan en el mundo?

Hay una idea que me parece fundamental. Los adolescentes no necesitan padres expertos en tecnología. Necesitan adultos disponibles. Disponibles para escuchar. Para interesarse. Para preguntar sin interrogar. Para acompañar sin invadir. Y disponibilidad no significa estar todo el día al lado de ellos. Significa que, cuando necesiten un adulto, sepan que podrán encontrarlo. Porque la autoridad ya no nace de saber más.

Nace de construir un vínculo tan sólido que, cuando aparezca un problema, nuestros hijos sigan eligiéndonos para pedir ayuda. Y necesitan ese acompañamiento porque todavía están aprendiendo a tomar decisiones, a controlar impulsos y a anticipar consecuencias. No es una falla. Es parte del desarrollo. Por eso el papel de los adultos no consiste en decidir por ellos, sino en ayudarlos a pensar hasta que puedan hacerlo cada vez mejor por sí mismos.

Y hay otra pregunta que también deberíamos hacernos. ¿Cuánto tiempo nos ven a nosotros mirando nuestra propia pantalla? Porque los hijos no aprenden solamente de lo que les decimos. Aprenden, sobre todo, de aquello que nos ven hacer todos los días. Si respondemos mensajes durante la cena, si interrumpimos una conversación para mirar una notificación o si vivimos con el teléfono en la mano, difícilmente podamos convencerlos de que hagan algo diferente. Educamos mucho más con el ejemplo que con los sermones.

Las apuestas no empiezan cuando alguien hace su primera transferencia. Empiezan mucho antes. Empiezan cuando un adolescente descubre que, del otro lado de una pantalla, siempre hay alguien dispuesto a captar su atención, comprender sus gustos y ofrecerle exactamente aquello que quiere ver. La pregunta es si, antes de que eso ocurra, hubo un adulto dispuesto a regalarle la suya. Porque quizás el verdadero problema no sea que nuestros hijos tengan un celular en la mano. Quizás el verdadero problema sea que dejamos de preguntarnos qué estaban buscando cuando empezaron a mirarlo tanto. Y esa respuesta casi nunca empieza hablando de apuestas. Empieza hablando de pertenencia. De curiosidad. De aburrimiento. De soledad. De emociones que todavía no encontraron un lugar donde ser escuchadas. Cuando comprendemos eso, dejamos de preguntarnos solamente cómo alejarlos de una pantalla y empezamos a preguntarnos cómo volver a acercarnos a ellos. Tal vez allí empiece, de verdad, la prevención.

La próxima semana vamos a dejar por un momento las grandes preguntas y mirar las pequeñas señales. Esas que casi siempre pasan desapercibidas y que, cuando finalmente las vemos, nos hacen repetir una frase que escucho demasiado seguido: "¿Cómo no me di cuenta antes?" (Autoría María Spengler, licenciada en Educación Física y técnica en Gestión y administración en juegos de azar).

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