El periodismo local tiene algo particular, y es que nos obliga a mirar de cerca, escuchar y ser parte del registro de la provincia. Casi como un instinto natural iniciamos nuestras jornadas atentos -claro- a la novedad del día, pero también, de reojo, a los sucesos cotidianos y a personas que guardan historias de vida que el ojo entrenado con mucha precisión detecta.
Es que detrás de cada cifra hay personas. Detrás de cada anuncio, abundan las expectativas. Y detrás de cada conflicto, incontables historias de vida.
A lo largo de los años entrevistamos profesionales, comerciantes, productores, estudiantes, artistas y trabajadores de los más diversos ámbitos y cada encuentro demuestra que la tarea principal del periodista sigue siendo escuchar. Escuchar antes de preguntar, antes de opinar y escuchar para comprender.
Vivimos tiempos en los que la información circula a una velocidad inédita. Sin embargo, el valor de una conversación cara a cara, de recorrer una calle para conocer una realidad o de dedicar tiempo a una historia continúa siendo irremplazable.
En este Día del Periodista, además de celebrar una profesión, celebro el privilegio de haber conocido tantas vidas a través de ella. Porque al final de cada cobertura, de cada entrevista y de cada nota publicada, no solo quedan los datos y los títulos, sino que permanecen las personas que confiaron para contar una parte de su historia, compartir sus logros y claro que también sus pesares y reclamos. Porque cuando se cubre una escuela, una feria, una campaña de vacunación, un reclamo vecinal o una historia de superación, tal vez no parezca un gran acontecimiento en ese momento. Pero años después esos textos terminan siendo el registro de cómo vivía una sociedad en determinada época.
Ojalá que este valor siga siendo parte de la esencia más profunda de este oficio: ayudar a que las historias no pasen desapercibidas y que el periodismo local continúe contribuyendo a la memoria cotidiana de la comunidad.