Una estrategia para mejorar el posicionamiento y la competitividad de un destino es enriquecer el enfoque del producto turístico a través de la creación de experiencias. Esta perspectiva, además de sumar la dimensión territorial y temporal, tiene la ventaja de ofrecer una dimensión emocional ajustada a las expectativas de los viajeros.
El fenómeno de consumo turístico a través de una experiencia ofrece vivencias únicas en el destino. La experiencia turística va más allá de una visita a un lugar, es un proceso complejo que permite la interacción del turista con el destino.
Una experiencia gastronómica es el conjunto de sensaciones, emociones, aprendizajes y placeres que una persona vive al consumir alimentos y bebidas en un contexto determinado, que suele estar cuidadosamente diseñado para generar impacto y disfrute. Es una forma de vivir la comida que va más allá de lo funcional, conectando con el placer, la cultura, la memoria, el arte y el territorio.
Los elementos que pueden formar parte de una experiencia gastronómica son:
La comida y la bebida: su sabor, textura, aroma, presentación y calidad; el entorno: la ambientación del lugar, la música, la iluminación; el servicio: la atención del personal, el relato detrás de los platos, la calidez humana; la narrativa o concepto: cuando la propuesta tiene una historia, identidad o mensaje (por ejemplo, una cena que rescata tradiciones locales o que fusiona culturas); la interacción: a veces incluye participación activa, como cocinar parte del plato, maridar vinos, o compartir una mesa comunitaria; y el contexto cultural o turístico: en muchos casos, una experiencia gastronómica se vincula con el descubrimiento de una región, una costumbre o una identidad.