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Cuando una canción explica lo que una apuesta esconde

Hay quienes mientras juegan, dejan de pensar en una separación, una deuda, un duelo, una frustración.

Viernes, 02 de octubre de 2026 00:00
FOTO DE ARCHIVO | CUANDO LOS JUEGOS SE TORNAN PELIGROSOS.
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Hay cosas que la psicología necesita varias páginas para explicar y una canción logra decir en cuatro minutos. Quizás por eso, leyendo sobre las funciones que pueden cumplir las apuestas cuando dejan de ser entretenimiento y empiezan a ocupar demasiado espacio en la vida de una persona, terminé pensando en música. No en canciones que hablen necesariamente de apostar. En canciones que hablan de aquello que, algunas veces, una persona intenta encontrar apostando. Calmarse. Escapar. Sentirse invencible. Volver a sentir algo. Tener un plan. Vivir al límite. Porque detrás de una conducta que desde afuera parece incomprensible suele haber bastante más que dinero. Cómodamente adormecido.

"Comfortably numb", de Pink Floyd, fue publicada en 1979 y su título ya dice bastante: "cómodamente adormecido". Hay personas para quienes la apuesta funciona durante un tiempo de esa manera. No necesariamente buscan ganar. O, al menos, ganar no explica todo. Mientras juegan dejan de pensar en una separación, una deuda, un duelo, la soledad, una frustración o algo de sí mismos que en ese momento resulta difícil soportar. La palabra griega phármakon tenía una ambigüedad maravillosa: podía referirse tanto a un remedio como a un veneno. La imagen sirve para pensar algunas relaciones problemáticas con el juego. Algo produce alivio y precisamente por eso se vuelve atractivo. El problema aparece cuando aquello que calmaba empieza a lastimar.

Hace un tiempo, una joven me explicó lo que le pasaba de una manera mucho más sencilla. Me dijo que, cuando jugaba, sentía que las cosas importantes de su vida estaban abiertas en otras pestañas, pero nunca llegaba a mirarlas. La que permanecía en primer plano era la del casino online. No había solucionado nada. Por un rato, simplemente, había conseguido no mirarlo.

No te detengas. "Don't stop me now", de Queen, parece estar en otro registro. Velocidad. Euforia. Potencia. Acá no hay adormecimiento. Hay intensidad. Algunas personas encuentran en las apuestas una excitación que no encuentran en otra parte. Empiezan a estudiar estadísticas, resultados y probabilidades. Tienen números favoritos, horarios, rutinas, métodos. La próxima jugada ocupa el pensamiento. Siempre queda una estrategia por ajustar y una revancha posible. Casi sin darse cuenta, la apuesta empieza a parecerse a un proyecto. Esto puede verse con particular claridad en algunas apuestas deportivas, el póker, la ruleta y también en ciertas formas de especulación financiera cuando dejan de responder a una decisión de inversión y adquieren una dinámica compulsiva.

Ya no es solamente ganar dinero. Aparece algo parecido a sentirse excepcional: yo entendí cómo funciona, encontré el método, esta vez sé lo que estoy haciendo. Freud llegó a referirse a la "manía del juego". Más allá de la distancia histórica, la expresión permite pensar esa excitación que por momentos parece no necesitar descanso.

Recuerdo el relato de un joven cuyo proyecto había sido llegar al fútbol profesional. Durante años su vida tuvo una dirección muy clara: entrenar, competir, mejorar, llegar. Cuando comprendió que aquello no iba a ocurrir, sintió que el mapa se había borrado. "Cuando supe que no iba a llegar, mi vida se desarmó y no pude volver a armarla". Después aparecieron las apuestas deportivas. Sería demasiado sencillo establecer una relación directa entre una cosa y la otra. Lo que me quedó dando vueltas de su historia fue una pregunta diferente: ¿qué ocupa el lugar de una pasión cuando una pasión se pierde?

Carlos -voy a llamarlo así- me habló una vez de haber "tocado fondo". Había perdido dinero, bienes y vínculos familiares. Sin embargo, cuando contaba los años anteriores aparecía algo que me llamó la atención: durante mucho tiempo había vivido al límite. Siempre había una próxima apuesta capaz de arreglar la anterior. Una oportunidad más. Una posibilidad de recuperar todo. Hasta que ya no hubo nada que recuperar.

Historias así muestran por qué resulta insuficiente explicar el juego compulsivo diciendo que alguien "quería ganar plata". Si fuera solamente eso, probablemente alcanzaría con mostrarle cuánto perdió. Y sabemos que no alcanza.

Las canciones más nuevas cuentan dolores parecidos con otro lenguaje. En "I don't like my self", de Imagine Dragons, pone en palabras algo incómodo: lo difícil que puede resultar habitarse a uno mismo cuando aquello que pensamos, sentimos o vemos de nosotros no nos gusta. Una pantalla puede conseguir durante un rato que todo lo demás pierda volumen. Cambian las épocas, los géneros musicales y las palabras. La necesidad de escapar de aquello que duele parece bastante más antigua.

En los problemas con la relación con el juego también aparecen esas promesas. "Esta fue la última". "Recupero esto y no juego más". "Esta vez voy a poder controlarlo". Algunas se sostienen durante meses. Otras duran hasta que algo vuelve a activar aquello que parecía dormido.

Una persona me lo explicó alguna vez sin hablar de recaídas ni utilizar ninguna palabra clínica: "Yo sabía perfectamente cómo terminaba. Lo que no podía entender era por qué volvía a empezar". Esa frase me quedó. Porque conocer las consecuencias no siempre alcanza para modificar una conducta. Hay emociones, momentos, lugares, estímulos, recuerdos. A veces basta una publicidad. Un partido. Dinero disponible. Una noche difícil. La sensación de que esta vez sí. Por eso una recaída tampoco debería leerse automáticamente como si todo el recorrido anterior hubiera desaparecido. Puede haber algo ahí que todavía necesita ser comprendido. Y acompañado.

Quizás por eso me interesaron estas canciones. Ninguna explica el trastorno por juego de apuestas. Tampoco todas las personas que atraviesan problemas con su relación con el juego buscan lo mismo. En algunas historias aparece el dinero. En otras, la excitación. En otras, recuperar lo perdido, escapar de un dolor, sentirse competente, llenar un vacío, volver a tener un proyecto o simplemente conseguir que durante un rato la cabeza se calle. Solemos mirar la conducta cuando ya hizo ruido. La deuda. La mentira. El aislamiento. Las horas frente a una pantalla. La discusión familiar. Y entonces aparece la pregunta más lógica: ¿por qué no deja de apostar? Hace tiempo que pienso que quizás llegamos un poco tarde con esa pregunta.

Hay otras que pueden abrir una conversación distinta. ¿Qué encontraba ahí? ¿Qué calmaba? ¿Qué le devolvía? ¿Qué conseguía olvidar? ¿Y qué aparece cuando deja de jugar?

Tal vez comprender una conducta no signifique justificarla. Signifique encontrar una puerta por dónde empezar a ayudar. Porque aquello que terminó convirtiéndose en veneno, alguna vez pudo sentirse como un remedio. Y si queremos acompañar a alguien a soltarlo, también tendremos que preguntarnos qué necesita cuando siente ganas de volver a buscarlo. (Autoría licenciada María de los Ángeles Spengler).

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