El reconocimiento a Gregorio "Goyito" Velázquez -en el centenario de su natalicio- cobró una dimensión magistral cuando el profesor René Domingo "Mingo" Sanagua tomó la palabra. Con la humildad que solo los grandes poseen, reconoció en Velazquez al maestro que no solo le enseñó a amar la música, sino que lo obligó a trascender. "Él me pidió que no me quedara, no quería que fuese un guitarrista de encuentros o asados; quiso que fuese un artista", recordó con la voz cargada de gratitud.
Fue gracias a ese impulso del humilde artesano que Sanagua partió de su tierra durante 30 años, conquistando grandes escenarios y brillando junto a figuras como María Marta Serra Lima, además de ser el fundador del legendario grupo Los Géminis. Pero el mayor acto de lealtad al maestro ocurrió a su regreso "Mingo" Sanagua, decidió enseñar como Goyito le había enseñado a él. Con sus propias manos, construyó el Conservatorio de Música Santa Cecilia, donde hoy las nuevas generaciones siguen recibiendo esa llama sagrada del canto.
"A Goyito lo amé, lo amo y lo amaré siempre", sentenció ante un auditorio conmovido, recordando que una de las salas del Conservatorio lleva con orgullo el nombre del luthier. Para Sanagua, no hay dudas, el duende de Goyito habita en esas paredes e impulsa cada nota que allí suena.
La ciencia de la madera
La noche alcanzó un nivel académico y emotivo cuando Elías Pirco Díaz compartió el fruto de una investigación minuciosa. Discípulo también del maestro, quien no solo le transmitió el amor por las cuerdas, sino que le fabricó su propia guitarra y un charango, decidió que ese conocimiento no podía quedar en el olvido.
Junto a su hijo Iván Díaz, presentó una tesis que le valió la obtención del título de profesor de danza. A través de un material riquísimo, fue desandando el "paso a paso" del milagro cómo "Goyito" Velazquez seleccionaba la madera, cómo la escuchaba y cómo la trabajaba con detalles minuciosos que ninguna fábrica en serie podría jamás replicar. El material presentado fue una clase de luthería, demostrando que cada instrumento que salía del taller bajo el chañar era, en realidad, una pieza única e irrepetible de la ingeniería del alma.
El milagro de la madera
Bajo la premisa de que "la madera tiene memoria" y guarda en sus vetas el alma de quien la talló, se presentó al concertista José Luis Velázquez. Fue un momento sagrado, las manos de "Goyito" volvieron a sonar a través de la sangre de su hijo. José Luis, que no buscó palabras porque prefirió traducirlas en música, rindió un tributo de gratitud eterna a su padre por haberlo impulsado a formarse en Córdoba con el maestro Francisco Barroso.
En un silencio que envolvía al conservatorio, interpretó dos piezas maravillosas que dejaron a la audiencia en un estado de éxtasis total. No hubo dudas en el ambiente: esos hilos invisibles de amor y tiempo que unen a padre e hijo siguen más vivos que nunca, vibrando en cada nota de esa guitarra que conserva el calor de las manos del maestro.
Zamba, tradición y pastel
El desfile artístico, coordinado por la generosidad del profesor Sanagua, trajo las voces de Carlos Zambrano, Piro Álvarez, Cristian Álvarez y Mariano Velazquez, que deleitaron a los presentes, demostrando que la semilla de la música sigue germinando en San Pedro. Sin embargo, el momento de mayor comunión colectiva llegó cuando Nora Ruiz tomó la guitarra e invitó a todos los presentes a fundirse en un solo canto: la Zamba de Lavayén. La sala se convirtió en un coro vibrante que le cantó a al recordado luthier con el alma en la garganta.
Como broche de oro, la emoción se vistió de celebración familiar cuando Eugenia Velazquez , nieta del maestro, ingresó al salón portando una torta iluminada por bengalas para celebrar esos 100 años de luz. Al unísono, el "feliz cumpleaños" resonó en la memoria de "Goyito", sellando la velada con el compartido sabor de un pastel que alcanzó para todos los presentes.
Así finalizó una noche magnífica; una jornada donde el amor y el agradecimiento al gran luthier sampedreño permitieron, una vez más, volver a pasar por el corazón y escribir una página dorada e inolvidable en la historia de nuestra ciudad. (Nora Ruiz, especial para El Tribuno de Jujuy).